Las grandes exposiciones se han transformado hoy en complejas aventuras empresariales de precisión organizativa y de financiación elevada, eso sí, por lo menos con la impagable virtud de convertir la cultura en algo asumido por la totalidad de la sociedad. De hecho, si por un lado la comercialización eficiente de este tipo de muestras siempre obtiene una notable respuesta popular en forma de colas y cifras, por otro nadie puede negar la contribución cultural de un evento que hace asequible el arte entre los ciudadanos.
Ahora bien, tampoco se oculta la dificultad creciente en la organización de este tipo de eventos, habida cuenta tanto del incremento en los costes como de la cada vez más difícil disposición al préstamo de las obras de arte. Fíjense, por ejemplo, en la subida de los seguros por el incremento del riesgo o en el alza de los costes del transporte como consecuencia de la escalada de los precios del petróleo. O, también, en el creciente temor al deterioro de las obras en préstamo o en esa eclosión de un seudonacionalismo artístico que aboga por la autarquía museística. Razones variadas que no sólo impulsan las dificultades organizativas y el coste total de las grandes muestras, sino también la presión para conseguir patrones globales que financien proyectos amplios, coproducciones en varios centros museísticos que comparten costes y hasta itinerancias prolongadas que aprovechan economías de escala. Son las derivadas mercantiles del arte, desde luego, pero también las consecuencias lógicas de una cultura necesaria y menos elitista, más democrática y mucho más asequible.