Domingo, 19 de marzo de 2006
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CULTURA
ARTE | DESEMBARCO EN EL GUGGENHEIM
La revolución rusa
Más de 120 personas trabajan estos días en el Museo Guggenheim en la colocación de las 305 obras de la exposición '¡Rusia!', que se inaugura el día 28
La revolución rusa
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LA EXPOSICIÓN
La muestra: ¿Rusia! se compone de 305 obras de distintos periodos históricos a lo largo de los últimos 700 años.

Procedencia de las obras: Las piezas pertenecen a las colecciones del Museo Estatal de Arte Ruso, la Galería Estatal Tretiakov, el Museo Estatal Ermitage y Museo del Kremlin, así como de museos regionales y colecciones particulares de Rusia y de fuera de este país.

Costes: La muestra tendrá unos gastos aproximados de 2,5 millones de euros. El 50% corresponde a transportes, seguros y gastos de los 'correos'. El 20% al diseño de la muestra (construcción, iluminación, etc.). Un 15% a los gastos generados por los prestamistas y un 15% final para la organización de eventos, publicidad, seguridad, etc.

Patrocinio: BBVA e Iberdrola

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Un silencio religioso impera en una de las salas más secretas y valiosas del Museo Guggenheim. Es un almacén iluminado por fluorescentes, con el suelo pintado en un gris vulgar, donde se guardan las mejores obras de la colección. Aquí sobran el 'glamour' y las charlas ingeniosas. Los meticulosos trabajadores visten traje de faena y sólo conversan lo necesario para coordinar sus movimientos.

Son los dueños del corazón del museo, los privilegiados que pueden tocar las obras de arte, aunque sea con guantes. Cuatro personas se acercan a una caja de madera y sacan una tabla del siglo XVI, una de las 305 obras que se verán en la exposición ¿Rusia!, que se abre al público el 28 de marzo. Cada uno la coge por un extremo, la levantan y la llevan en volandas hasta una mesa.

Mikhail Bushuyev, un restaurador del Museo Estatal de Arte Ruso de 44 años, espera que la posen y la mira al detalle mientras sigue el silencio. Repasa con sus dedos los bordes del icono. Luego percute en él con su uña y acerca su cabeza para escuchar el sonido. «Si la pintura se ha levantado, suena distinto», explica.

El restaurador ruso es uno de los veintinueve 'correos' que llegarán a Bilbao para comprobar el estado de las obras cuando salen de las cajas. Algunos acompañan a los camiones que las transportan en un coche de seguimiento, mientras otros utilizan el avión, como Mikhail Bushuyev.

En el montaje de la exposición trabajarán 120 personas, carpinteros, pintores, expertos en iluminación, en seguridad, en audiovisuales. Les queda una semana para colocarlo todo, y algunas tareas requieren no sólo cuidado, sino también tiempo y paciencia. Desenrrollar un lienzo como el que aparece en la portada de este reportaje, de unos ocho metros de altura, graparlo en su bastidor y apoyarlo sobre la pared puede ocupar media jornada a un equipo de hasta diez personas. En las salas se oyen taladros, ruidos de las pequeñas grúas, música tecno, no se sabe si de las instalaciones ya montadas o de los aparatos de los operarios.

Sin parar a tomar café

En el hangar del museo por donde entran y descargan los camiones, espera Daniel Vega, subdirector de Planificación y Organización del Guggenheim. Su departamento maneja el 50% del presupuesto de la exposición, que asciende a 2,5 millones de euros, y se encarga del transporte, los seguros, los viajes y hoteles de los 'correos', y del desembalaje y embalaje de las obras.

Los camiones tienen unos dispositivos para controlar la temperatura y la humedad, y un sistema de suspensión hidráulico para evitar que un bache pueda dañar las obras. La apertura retardada del remolque pretende disuadir a los ladrones, lo mismo que un 'gps', que informa por satélite de la situación del vehículo. «Siempre viajan dos conductores y duermen en sitios específicos. En París, por ejemplo, en el parking de una comisaría. Como es obvio, no pueden aparcar para tomarse un café», explica Vega, de 34 años, licenciado en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco y empleado del museo desde su apertura en 1997.

El valor incalculable de las obras obliga a contratar seguros especiales, exigidos por los prestamistas, que se llevan un 20% del presupuesto de la muestra. «Hemos firmado el habitual, con cobertura para terrorismo en transporte, y sin cobertura para terrorismo en estancia. Esto último habría incrementado el precio en un 25%, por lo menos».

La cabeza logística del Guggenheim traza los viajes que han realizado las obras desde diferentes puntos del mundo. Varios camiones partieron de San Petersburgo y Moscú, custodiados por el Ejército ruso, que se dio la vuelta al llegar a la frontera con Finlandia. El convoy llegó al puerto de Helsinki, y allí embarcó en cinco 'ferries' hasta Travemünde, en el norte de Alemania. En esa pequeña localidad báltica, tomaron la autopista hasta Bilbao. Otros envíos salieron de Nueva York, París y Fráncfort. Además de los cinco barcos, se han utilizado dos aviones y doce camiones.

El tiempo apremia y la burocracia rusa ha impuesto su lentitud, que esta vez se ha cebado en el papeleo de las aduanas rusas. El precio a pagar son cuatro días de retraso. El departamento que dirige Daniel Vega no es apto para nerviosos. Hay que tratar de dominar las horas, sacarles el máximo provecho y pensar que a la noche, en caso de apuro, también se puede trabajar.

Cada exposición tiene sus dificultades. «En ésta, es la coordinación del transporte. En la de Nam June Paik, nos volvieron locos los elemento tecnológicos, como el láser. En la de los aztecas, hicimos un gran esfuerzo en el diseño para acomodar bien las piezas. Luego hay tareas que imponen un cierto respeto. Por ejemplo, cuando sacamos las Venus del atrio (tres esculturas de Jim Dine, pintadas de rojo, con una altura de nueve metros). Tenemos que tumbarlas hasta que las posamos en un carro que hemos construido para ellas. Y lo tenemos que hacer de noche. Durante el día el atrio está lleno de gente».

El mazo y el techo

A las once de la mañana los operarios dejan sus herramientas y paran durante quince minutos. Pasado este tiempo cada uno regresa a su puesto. Los taladros y destornilladores eléctricos vuelven a escucharse con un sonido que se agranda por las enormes dimensiones de las salas. A los rusos, por lo general con el pelo claro y la ropa oscura, se les reconoce enseguida.

Mikhail Bushuyev coloca sus ojos a ras de la tabla y mira las posibles sinuosidades y elevaciones de la pintura. Luego toma un papel con la imagen de la obra y una especie de cuestionario. Lo rellena, apunta algo, mientras Edurne Martín, del Guggenheim, hace lo propio con otro papel y toma dos fotos. Hay que abrir las cajas y sacar las piezas delante de él, del 'correo'. «Es el momento de la entrega oficial. A partir de aquí, nosotros asumimos la responsabilidad de meterlas en el camión para la vuelta en el mismo estado», dice Daniel Vega.

Mientras Bushuyev trabaja, el resto mira en silencio. El experto musita algo y una joven de pelo rubio y muy largo, de inconfudible aspecto eslavo, lo traduce al español en voz baja. «La humedad está al 50,1%. Está bien así. Con un nivel más seco, la pintura se puede levantar», manifiesta el ruso.

El restaurador explica que el museo para el que trabaja alberga 6.000 iconos. «La mayoría no puede exponerse», añade. A un lado, Fernando Galván observa la pieza, mientras una compañera toma la medida de su grosor. Ambos serán los encargados de fabricar unas pletinas metálicas que sirvan de soporte invisble a la tabla.

El montaje de esta exposición está lleno de pequeños detalles. El papel que envuelve las obras está levemente plastificado, para que no se pegue a la superficie, y debe tener el ph neutro, para no alterar la composición de la pintura. Para colgar los cuadros se han fabricado unas falsas paredes de madera, con las que se ha ganado espacio expositivo. Los técnicos del museo del Prado estuvieron el martes para estudiar esta técnica. Por un lateral pasa Iñaki Álvarez, el responsable del diseño, que explica el color elegido para la exposición, el gris, y sus tonalidades, que indican las distintas etapas históricos.

El Guggenheim se convierte en un micromundo de personas y de historias. Hace unos días llegó un conservador de París para montar una instalación del artista conceptual Ylya Kabakov. Había que construir un falso techo y luego romperlo con un mazo, para que cayeran los cascotes al suelo. Sólo él tenía permiso para hacerlo.

Un trabajador de una empresa de seguridad ultima las alarmas de una serie de piezas que van apoyadas a un repisa. El día 27, a las ocho y media de la tarde, cuando se inaugure la exposición, nada puede fallar.



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