La compañía cántabra parece dispuesta con esta historia a dejarnos pasar al otro lado del telón de la mendicidad, en este caso de la que se trabaja la limosna en plan industrial, con sus tablas de productividad, su sistema de ventas, sus cursillos de mejora continua y, hasta, sus reconversiones con despidos y todo.
Dos mendigos de base y uno directivo intermedio son los protagonistas de esta comedia que pretende hacernos reír con situaciones que en la vida real nos hacen cruzar de acera o mirar para otro lado. Esta intención de engrasar el mensaje para hacerlo digerible tiene en este caso su doble cara. Por un lado consigue un producto que el público recibe muy bien, entre carcajadas y pequeños ataques de mala conciencia. Hacen que La sucursal sea una obra para todos los públicos y, sin duda, logran que su propuesta llegue a mucha más gente.
Por otra parte, hay demasiada prevención a abrir las puertas del drama o a llevar un poco más allá la negrura del humor, hasta convertirlo en herramienta punzante. Se nota sobre todo en un texto que desperdicia buena parte de sus escasos setenta minutos y se queda a dos metros de donde comienza, como si quisiera que sólo nos asomáramos. Los actores tapan con habilidad esa grieta y enganchan bien con el público.