Sábado, 18 de marzo de 2006
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OPINIÓN
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¿Vencedores o vencidos?
«En un mundo ideal, de haber violencia asesina, los asesinos se arrepentirían de sus crímenes, abandonarían las armas, pedirían perdón a sus víctimas vivas y estarían dispuestos a repararlas»
Vencedores y vencidos es el ambiguo título que en 1961 la censura franquista impuso para que los cines españoles pudieran proyectar la magnífica película de Stanley Kramer cuyo título original era Judgement at Nuremberg (Juicio en Núremberg). Esta película describía de manera casi documental el famoso juicio contra los jerarcas nazis responsables de terribles violaciones de derechos humanos practicadas durante la Segunda Guerra Mundial, y, ciertamente, no dejaba lugar a dudas sobre quiénes eran realmente los vencedores y los vencidos, no sólo en el ámbito militar sino también en el moral. Recordé esta anécdota sobre el título de la película a raíz de la polémica suscitada sobre si, en el hipotético final de ETA, debía haber o no vencedores y vencidos. Me sorprende esta polémica, pero más el hecho de que entre los que sostienen que no debería haber tal distinción se encuentren relevantes miembros del Gobierno de Zapatero (por más que alguno de éstos haya intentado rectificar de manera un tanto abstracta).

Que el nacionalismo insista en que no debe haber vencedores ni vencidos (y de una manera u otra insiste en ello desde hace tiempo) no es sorprendente, sobre todo porque nunca ha pretendido derrotar a ETA a cambio de nada y porque comparte muchas de sus tesis ideológicas. No hace falta ser un lince de la política para darse cuenta de que su actitud sería muy distinta si ETA fuera, por ejemplo, un grupo terrorista de extrema derecha que asesinara a nacionalistas y cuya pretensión fuera volver al régimen franquista. No hablaría ni de conflicto político ni de diálogo con semejante grupo y, por supuesto, haría todo lo posible por derrotarlo. Lo mismo que nunca ha hablado de dialogar con los GAL ni de que no hubiera vencedores ni vencidos una vez alcanzado su fin. Como tampoco nadie, cuando se ha recordado el 25 aniversario, piensa que se debía haber dialogado con los responsables del 23-F o que nunca debieron ser vencidos.

Algunos sectores muy significativos de la Iglesia vasca parecen compartir esta idea de que no debe haber vencedores ni vencidos tras el fin de ETA. En esta línea parece apuntar el mensaje Pasos hacia la Paz (1-1-2006) que, con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, escribió a sus diocesanos. Un mensaje cuyo título recuerda demasiado a la en su día polémica pastoral de los obispos vascos Preparar la Paz (30-5-2002). En el punto 2 del mensaje, el obispo habla de «una paz entre todos y para todos» e incita a todos los «ciudadanos de este pueblo» a ser constructores de la paz. La idea, como principio general, es buena, pero es difícil que la paz sea «obra de todos» cuando hay asesinos y asesinados. Los primeros difícilmente reconocerán su error y repararán lo irreparable, y los segundos ya no podrán participar ni gozar de la paz (salvo de la paz escatológica y definitiva otorgada por Dios, no por los hombres). Las consecuencias y responsabilidades de la paz no pueden ser iguales para el victimario que para la víctima. Y esto hay que dejarlo muy claro para evitar equidistancias injustas. Por otro lado, no puedo evitar recordar que la expresión «entre todos y para todos» es la misma que hace dos años utilizó Ibarretxe en su propaganda por los buzones para definir su plan como un «proyecto de todos y para todos», y la misma que emplearon, por las mismas fechas, doscientos sacerdotes vizcaínos para descalificar en medios nacionalistas la instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal Española sobre el terrorismo de ETA y apoyar subliminalmente dicho plan. ¿Quizá sea una casualidad!

Personalmente tengo mis dudas sobre si el concepto paz es el más adecuado para hablar del fin de ETA o del denominado conflicto vasco. Ciertamente ha sido muy utilizado, especialmente en ámbitos eclesiásticos vascos, pero siempre me ha dado la impresión de que su uso llevaba implícita la idea de que en el País Vasco hay una especie de guerra encubierta entre dos bandos en principio irreconciliables (la palabra reconciliación es otra palabra recurrente junto con paz). En el fondo, y ésa es mi impresión, por supuesto discutible, parece que lo que se buscaba era subrayar que ETA no era ni es la única responsable de la violencia ni la única, vamos a decirlo así, mala. De esta forma, podía hablarse, aunque fuera implícitamente, de dos bandos responsables del denominado conflicto vasco. El otro bando, por supuesto, sería España (o el Estado español) cuyas instituciones y representantes, de una manera u otra y en mayor o menor medida según gobiernos y épocas, oprimirían al pueblo vasco (por supuesto, el franquismo y más tarde el surgimiento de los GAL ayudaron mucho a afianzar esta visión). Lo cual no es ni más ni menos que la interpretación nacionalista del conflicto vasco.

Algo de este planteamiento se recoge en el punto 5 del mensaje Pasos hacia la Paz, donde se afirma: «Las situaciones de conflicto perduran porque los derechos humanos de los individuos y de las colectividades no son debidamente respetados». Implícitamente se está diciendo que en el País Vasco no hay paz porque se violan los derechos individuales (los prioritarios, según el obispo) y los colectivos. Pero Uriarte no dice quién viola los primeros (parece evidente que es ETA, pero no lo afirma, pues ésta nunca es mencionada en el mensaje) ni tampoco explica cuáles son los derechos de las colectividades que se violan en el País Vasco ni quién los viola.

En la conclusión alude a la «reconciliación social». Principio loable y positivo, pero en cuya formulación me sorprenden dos aspectos. Primero, que no se indique quiénes son los sujetos responsables del «duro y largo enfrentamiento (que) ha producido entre nosotros muchas y graves heridas», con lo cual se cae en la ambigüedad y en la equidistancia a la hora de delimitar quiénes son los verdaderos responsables de la violencia que azota el País Vasco y el resto de España desde hace más de treinta años. Segundo, me sorprende el orden de la afirmación «hay nudos que no se sueltan sino con el gesto magnánimo del perdón y el arranque humilde del arrepentimiento». ¿No es primero el arrepentimiento y luego el perdón, como recomienda el sacramento de la reconciliación?

Lo digo con temblor y temor, pero como cristiano me pregunto si la Iglesia (y yo me incluyo al formar parte de ella) tiene (tenemos) autoridad moral suficiente para tan siquiera recomendar a las víctimas que perdonen, máxime cuando la Iglesia institución no ha sufrido el zarpazo del terrorismo.

Insisto, lo digo con temblor y temor. Yo, como cristiano que afortunadamente no ha experimentado la pérdida de un ser cercano a manos de ETA o de los GAL, no me siento capaz de insinuar a ninguna víctima que debe perdonar y menos sin la exigencia previa del arrepentimiento sincero y comprometido del asesino. ¿Debe haber vencedores y vencidos? En un mundo ideal, que no es éste, no habría violencia asesina, y, de haberla, los asesinos se arrepentirían de sus crímenes, abandonarían las armas, pedirían perdón a sus víctimas vivas y estarían dispuestos a repararlas en la medida de lo posible... y quizá las víctimas les perdonasen. Pero sólo éstas pueden hacerlo. Pero no vivimos en un mundo ideal y no hay visos de una conversión de los asesinos. Por lo tanto, éstos deben ser, en primer lugar, derrotados por el Estado de Derecho, el cual, en segundo lugar, podrá ser generoso con ellos y ofrecer medidas de reinserción social bajo ciertas condiciones, siempre y cuando no ofendan a las víctimas.

Como recuerda el Pontificio Consejo Justicia y Paz en su Compendio de la doctrina social de la Iglesia, publicado el año pasado: «El perdón recíproco no debe anular las exigencias de la justicia, ni mucho menos impedir el camino que conduce a la verdad: justicia y verdad representan, en cambio, los requisitos concretos de la reconciliación» (nº 518).

La misma verdad y justicia que reclaman las víctimas del terrorismo y que la Iglesia y los cristianos debemos propiciar y alentar. ¿Sienten la mayoría de las víctimas que la Iglesia y los cristianos estamos con ellas y les somos próximos? Ésta es la cuestión.



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