Miércoles, 15 de marzo de 2006
 Webmail    Alertas   Boletines     Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES

OPINIÓN
Articulos
La trampa del crecimiento
«Llevado al extremo, el planeta ideal estaría completamente cubierto de asfalto y cada ciudadano habría de poseer uno o más coches. ¿Estamos seguros de que, por ejemplo, el Plan RENOVE mejora el medio ambiente?»
Todos estamos orgullosos del nivel de desarrollo que hemos alcanzado. Políticos, empresas y ciudadanos manifiestan su satisfacción porque estemos por encima de la media europea en renta per cápita. Está claro que nuestro nivel de vida ha adquirido el estatus propio de los países ricos. Fijémonos, de todos modos, que todos los índices parten del Producto Interior Bruto. Este índice nos dice que consumir cosas es muy bueno para la economía y su corolario, el bienestar social. Así, cuanto más petróleo, más hierro, más electricidad, más vehículos, más construcción de viviendas, etcétera, mayor será nuestro PIB. No importa que nuestra contribución al cambio climático aumente, que la contaminación hídrica aumente o que la biodiversidad disminuya. Quizás a nosotros nos de igual, ya que la inmoralidad parece no estar mal vista, pero ¿a nuestros nietos? Este tipo de desarrollo, ¿les garantiza una buena herencia o un mundo inhabitable? Los que todavía no han nacido se espantarían si supieran que van a ser muy pobres. O lo que es peor, que para mantener su nivel de vida necesitarán que las tres cuartas partes de la ciudadanía mundial adquieran la condición de subhumanos, limitándose, como ya pasa en la actualidad, a satisfacer sus necesidades básicas (muchos de ellos ni siquiera eso), para que la minoría rica pueda llevar una vida de lujo.

Los datos oficiales nos dicen que consumimos 2,5 veces por encima de nuestras posibilidades. Es decir, que necesitamos otro planeta y medio para que todos los ciudadanos vivos tengan nuestro nivel de vida. Como ello no es posible, nuestro consumo en más, necesitamos que lo neutralicen los que consumen en menos, los pobres, y que mantengan su condición, incluso que la empeoren, para que crezcamos más. ¿Cómo es posible presumir de haber crecido en estas circunstancias? Pidamos, pues, a nuestros políticos y empresarios que cuando hablen de crecimiento lo hagan en privado, que no exhiban como éxito lo que para gran parte de la población mundial es su fracaso. Necesitamos con urgencia otros indicadores que avalen si vamos en la dirección correcta de aumentar la calidad de vida, sin perjudicar y, si es posible mejorando, la calidad de vida de los que no tienen satisfechas sus necesidades básicas.

Todo el mundo se declara partidario del desarrollo sostenible. Pero pocos lo cumplen. Y aunque no tenemos a punto los índices correspondientes, sí podemos evaluar en cada decisión pública el impacto sobre la sostenibilidad local y global. Si el proyecto de que se trate contribuye a eliminar otros insostenibles, bienvenido sea. Si el proyecto resultase imposible de realizar por todas los comunidades del orbe planetario de nuestra misma entidad poblacional al mismo tiempo, es porque necesitamos el mantenimiento de la pobreza, preferentemente en lugares lejanos. Como consecuencia, ese proyecto no podrá realizarse por violación de Tratados Internacionales y preceptos constitucionales y legales. Aunque da vergüenza acudir al Derecho para exigir el cumplimiento de lo obvio. Pensemos en nuestro consumo de automóviles o de energía. Su aumento engorda el PIB. Pero sabemos que, sólo porque una pequeña cantidad de humanos lo hacemos, ello es posible. Si los 6.500 millones de ciudadanos consumiéramos de nuestro modo el Planeta se colapsaría.

De todos modos obsérvese que nuestros dirigentes políticos, sean de izquierdas o de derechas, no se atreven a mover el timón del desarrollismo, porque a éste lo conocen y al sostenible no. Se visten con la túnica de la sostenibilidad para seguir haciendo política desarrollista. Todos, por tanto, son conservadores a ultranza, en las cosas más importante de la política. Aunque es entendible ese horror vacui, al menos podríamos sacar un porcentaje anual de nuestra economía de los carriles clásicos para iniciar una parcial ruta hacia la sostenibilidad. No íbamos a perder nada.

Cuando explico esto a mis alumnos, se preocupan. Ellos son muy jóvenes y temen que a lo largo de su vida el desarrollismo agote sus fuerzas y el declinar de nuestra economía nos sitúe en estado de pobreza. No es imposible. Y los esfuerzos que estamos haciendo para que ello no ocurra, los hacemos, quiero creer que sin quererlo, en el sentido inverso. Un mundo en el que el consumo de suelo es espectacular y el número de kilómetros cuadrados asfaltados aumenta exponencialmente no creo que sea la mejor herencia para nuestros nietos. A pesar de ello, nuestros gobernantes presentan estos proyectos como necesidades ineludibles que redundarán en la mejora de nuestro nivel de vida. Llevado al extremo, el Planeta ideal estaría completamente cubierto de asfalto y cada ciudadano habría de poseer uno o más coches. ¿Estamos seguros de que, por ejemplo, el Plan RENOVE mejora el medio ambiente?

Más dentera producen los programas de los partidos políticos entre los que encontramos los del sí a todo y el no a todo. Los del no a todo rara vez llegan al poder, por lo que no sabemos qué harían si tuvieran mayoría absoluta. Lo que sí sabemos es que cuando gobiernan en coalición apenas se diferencia su actuación de la de los partidos convencionales. Como también sabemos que los partidos que sí ganan siguen apostando regularmente por el desarrollismo cortoplacista en la confianza que les rendirá buenos réditos electorales. Cada vez que visito uno de nuestros pueblos juego a acertar de qué partido es el alcalde, y créanme que nunca adivino, a pesar de la pluralidad ideológica en la que vivimos. Para nuestros gobernantes hacer cosas que se vean es muy importante: polígonos industriales, urbanizaciones enormes, carreteras, autopistas... El conocimiento, la investigación, la cultura, la solidaridad eficiente... pueden esperar.

Lo peor es que nuestros gobernantes piensan igual que la mayoría de nosotros. Pero una cosa está clara, no pueden comprometerse con la sostenibilidad y exhibir al mismo tiempo las obscenas cifras del crecimiento, ya que son incompatibles. Asimilémoslas en adelante a los quebrantos que van a sufrir nuestros nietos y a la población a la que vamos a tener en régimen de necesidad para poder obtener tan magnífico crecimiento.



Vocento
Monitor de tráfico Bidegi Canal Meteo Webcam