El monumental atasco de tráfico que padecieron ayer miles de automovilistas en la N-1, tras el accidente sufrido por un camión que circulaba cerca de Andoain y en dirección a San Sebastián, vuelve a poner de relieve la extrema vulnerabilidad de esta carretera, que se convierte en una gran trampa para miles de conductores cada vez que se registra un accidente de alguna consideración.
Las características y el trazado de esta carretera no admiten mejoras sustanciales capaces de evitar este tipo de colapsos. La saturación de tráfico que padece será susceptible de mejorar cuando puedan entrar en servicio la nueva autovía del Urumea o el tramo de la A-1 actualmente en ejecución entre Málzaga y Urbina. Entretanto, sólo cabe exigir, especialmente a los responsables de Tráfico del Gobierno Vasco, que intensifiquen los dispositivos de vigilancia y alerta en esta arteria principal del territorio guipuzcoano con el fin de poder activar un protocolo de actuación eficaz que evite atascos como el de ayer. Este plan debería incluir un sistema de control riguroso de la velocidad a la que circulan los turismos, y muy especialmente los camiones. Y además, debería contemplar también la activación de un sistema informativo de alertas a todo lo largo de la N-1 que evite la acumulación de vehículos en la zona del accidente, cuando no su desvío a través de eventuales rutas alternativas.
No puede ocurrir que una sucesión constante de retenciones como la de ayer se afronte por parte de los responsables de Tráfico nada más que con resignación. Es un argumento demasiado endeble como para admitir que deba tratarse de la única alternativa posible. La N-1 es una arteria viaria esencial para Gipuzkoa y esforzarse al máximo por disminuir su vulnerabilidad a grandes atascos como el ocurrido ayer debe convertirse en una prioridad inaplazable.