La niña de Amagoia tiene un añito. Cuando sale de la guarde lleva siempre en la mochila un informe sobre su actividad diaria en el centro preescolar. Hoy, por ejemplo, Janire ha aprendido algo sobre los insectos, las cuidadoras les han leído –jugando, siempre jugando– un trabalenguas en tres idiomas, ha dibujado una cometa, ha comido puré y ha echado muy bien la siesta.
«Soy una preadolescente», se defiende Maialen, de seis años, cuando se coge una rabieta porque insiste en salir a la calle con las botas de tacón de su abuela. ¿Y dónde has aprendido eso, mocosa, más que mocosa? Los críos te salen con ésas en cuanto te descuidas: que si «joé», que si «no me rayes», que si «ojito que soy preadolescente».
En cambio, cuando llegan a a los catorce, qué poca imaginación, te saltan con esa legendaria frase, muy utilizada ya desde las primeras decádas del siglo pasado: «A los demás les dejan». ¿Es que no se ha inventado nada nuevo, michicos? Eso no se lo cree ni tu abuelo, que ya lo utilizaba con sus progenitores –tus bisabuelos– para ir a fiestas de Hernani y retozar por Los Tilos.
Ya lo siento, chavales, pero para que yo os dé permiso para que volváis a casa más allá de las siete de la madrugada –la hora habitual de los findes– el día el macrobotellón, os lo váis a tener que currar más. Y tampoco vale lo de «soy el único al que no le dejan», que ya huele.
En todo caso os propongo una supernanny en la plaza de Zuloaga que os ponga las peras al cuarto. Que ya os vale.