Bien mirado, resulta sórdido, pero cualquier donostiarra de mente fantasiosa, como la del buscador de conchas, puede evadirse con su sola lectura. La del nombre que se lee en un viejo letrero: «Dragón de Oro Club».
Dragón de oro. Suena a la cara amarilla de Fumanchú. Suena a Tintín, al simple dragón dibujado en la portada de El loto azul, a las aventuras de El cangrejo de las pinzas de oro. Tiene el dulce regusto del exotismo y la amable falsedad del cartón piedra.
Dragón de Oro era el nombre de un puticlub de Egia. Nunca lo conocí abierto. De él sólo queda hoy su rótulo, su evocador nombre.