La difícil relación entre un padre y su hijo, el teatro como invitado al ser el padre un actor venido a menos, el judaísmo como fondo y unión entre ambos personajes, la vida que les ha puesto a los dos en situaciones delicadas en lo personal y lo laboral. Y para engrasar todos estos componentes un tono de comedia. El problema es que la maquinaria marcha a duras penas, el humor se diluye en situaciones bastante insípidas y los chistes sobre judíos nos pillan un poco lejanos. Respecto a las chispas que saltan de la relación paterno filial, lo que debería de ser el corazón del invento, pues sí, pero no. Vamos, que asistimos al tira y afloja, pero ni engancha, ni tiene demasiada gracia, exceptuando momentos muy concretos.
Visto en esta función el texto se queda en muy poco. No sé si será por la adaptación. Lo digo porque la obra de este autor y actor belga ha recopilado un buen número de premios, además de una nominación a los prestigiosos premios Molière de 2001. Algo le habrán visto en su versión original que, al menos a mí, se me escapa por completo en la que aquí contemplamos. Tampoco ayuda una dirección que parece querer que la obra comience desde el primer minuto echando fuegos artificiales, con los personajes a punto del infarto. Por eso luego, cuando los dos protagonistas ya están en plena faena, es complicado estimular el interés. Queda la siempre atractiva oportunidad de ver a Pepe Sancho, que emite unas cuantas señales del buen actor que es.