Es sabido que la intención de Darwin al inventarse como mecanismo de la evolución fue la de dinamitar la famosa prueba teleológica de la teodicea que había estudiado en Cambridge al formarse para clérigo anglicano. Precisamente denominó «basura» la precedente teoría de la evolución de Lamarck, no por rechazar la «transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos», error que él también aceptó, sino porque según Lamarck era evidente en la evolución biológica la existencia una «tendencia natural a una mayor complejidad y perfección». Esta hipótesis permitía una previa programación y esto para Darwin era tabú, dada la ideología materialista, incubada en los amargos días de su aislamiento y fobia social.
Lo penoso es que el gradualismo exige como condición, sine cua non, un previo fideísmo ideológico, como el de su autor, porque tanto la paleontología, como la fisiología, la bioquímica y la genética modernas lo niegan. Variaciones al «azar», insignificantes, más una selección prepotente de un medio «azaroso» en constante variación, armonizadas en continuadas y «azarosas» cadenas a lo largo de un tiempo desmedido de millones de años serían el origen de nuevas especies.
Limitándonos brevemente a la paleontología, por razón del espacio, el «gradualismo» se convierte como ya indicaron Gould y Edregce en 1972 en su Equilibrio Puntuado: en unos largos tiempos en los que las especies permanecen inmutables, seguidos de otros breves en los que tras las extinciones masivas bullen las nuevas especies. Sin gradualismo no hay darwinismo científico y sólo resta de él una pura y ya vieja ideología. Es hora de olvidarse de Darwin, volver a Lamarck y descubrir los programas del genoma en su evolución a una mayor complejidad y perfección.