Las recientes muertes de presos de ETA o de su entorno en las cárceles, unidas a otras habidas anteriormente, y a la situación de deterioro físico-mental de buena parte de los reclusos, por no hablar ya de las molestias, esfuerzos de todo tipo e incluso accidentes y muertes de sus familiares en los desplazamientos para visitar a sus seres queridos, nos debe llevar a replantearnos la humanidad o inhumanidad de la política penitenciaria. Yo soy partidario de que los reclusos irreductibles, recalcitrantes, rebeldes, y que son un verdadero peligro para la sociedad en caso de dejarles libres -supongo que el caso de Henri Parot, por ejemplo- deben de continuar en la cárcel. Pero una elemental lógica cristiana me impide aplicar el mismo rasero a los encarcelados que ya no son un peligro para la sociedad. Aquellos cuya vida entre rejas y la convivencia carcelaria entre malhechores y canallas es un auténtico infierno, hasta el punto de que, con harta frecuencia, recurren al suicidio para librarse de su tortura o, en otros casos, contraen una enfermedad física o mental que también les lleva a la muerte. Un joven que, quizá arrastrado por amigos o entorno, ha volcado una papelera en una manifestación de kale borroka, u otro que ha dado cobijo, tal vez bajo presión, a un miembro de ETA, tendrán que responder ante la Justicia. Pero no podemos condenarles a pasar meses o años en prisión sin fecha para ser juzgados, y con la triste perspectiva de ver cómo su vida familiar, laboral y afectiva se hunde por culpa de unas leyes inhumanas. La cárcel, sólo para los rebeldes y peligrosos.