Telecinco ha estrenado esta semana los nuevos episodios de 'CSI Las Vegas', hermana mayor de la serie CSI y también, a juzgar por las cifras, la más apreciada por el público español. Es su quinta temporada. Los resultados de audiencia no pueden ser mejores: los dos primeros episodios tuvieron 5,2 y 4,8 millones de espectadores, respectivamente. La primera entrega fue el programa más visto del día. Después vino un tercer episodio, pero este ya era repetición de la temporada anterior; por cierto que Telecinco debería proporcionar al espectador algún instrumento para saber cuándo estamos ante capítulos nuevos y cuándo ante repeticiones: el actual sistema de emisión ‘en chorro’ puede llevar a confusión a quien no se sepa la historia de memoria.
Al margen de la ocasional entrada de otros personajes y de algún cameo notable, no hay en los episodios de esta temporada ningún cambio destacable respecto a las temporadas anteriores. Eso forma parte de la receta, evidentemente: sería suicida cambiar demasiado algo que funciona tan bien. Lo que sí es posible observar es cómo se acentúan ciertos rasgos que en las últimas ediciones han ido perfilándose con más nitidez, en una estilización que hace más acusada la personalidad de ‘CSI Las Vegas’. Uno de esos rasgos es escénico: la iluminación cada vez más oscura, especialmente en aquellas secuencias que reflejan con más crudeza la sangre, las reacciones biológicas o el crimen.
Otro rasgo concierne al equipo de protagonistas: por decirlo así, es como si sobre los forenses hubiera descendido un cierto aire bohemio. Así, Grissom, que es sin duda el eje del relato, ha ido variando desde aquel frío técnico talentoso con problemas de oído que conocimos hace algunos años, hasta el sabio displicente y un tanto socarrón que se nos va apareciendo en los más recientes episodios. Los otros personajes cambian menos; si acaso van haciéndose más familiares, más blanditos. Y Marg Helgenberger sigue ofreciendo un recital sobre la supervivencia de la belleza. CSI, en fin.