No sé si en el calendario hay algún día de 'vacación' en este ansia porque cada día celebremos algo que la mayoría de las veces, cuando no siempre, debería ser objeto de respeto diario. En este ansia por rellenar el calendario además de con los Santos, con otros acontecimientos dignos de mención, el 8 de marzo nos toca a las mujeres trabajadoras. O sea, a todas las trabajadoras del mundo, porque interpretemos como interpretemos el término trabajar si hay alguien en el globo terrestre que tenga la situación que tenga, trabaja, esa es la mujer.
Mujeres profesionales, mujeres madre, mujeres empresarias, esposas, hijas, mujeres políticas a fin de cuentas mujeres todas y trabajadoras todas por partida doble, en casa y fuera de ella, como es más que sabido.
Y ahora debemos añadir a la lista la categoría de mujeres cuota porque la Ley de Igualdad, por cierto más que necesaria, consolida la idea de la paridad obligatoria. Independientemente de que sea necesario ponderar la realidad actual y provocar que la mujer vaya ocupando el lugar que le corresponde, la verdad es que cualquier medida en este sentido es aceptable menos la de formar parte de un porcentaje que, pretendiéndonos hacer un favor, pone de manifiesto que hoy por hoy los puestos a los que se relega a la mujer son los que son, y los de responsabilidad y decisión en su mayoría, corresponden a los hombres.
Si hay que buscar un calificativo al día de la mujer, yo cambiaría el de 'trabajadora' por el de 'aguantadora', porque realmente si algo demuestra la historia es el inmenso aguante que tenemos las mujeres para todo: para trabajar en casa y fuera de ella, para ser a la vez madres, para ser objeto de la violencia y no obstante seguir adelante y hasta para ser parte de un porcentaje e interpretarlo desde lo positivo. ¿Hay que ver!
A mí, me cuesta. No puedo asumir con tranquilidad que todavía haya mujeres que cobran menos haciendo el mismo trabajo que sus compañeros, o que la estadística en violencia de género se haya disparado sin solución a la vista del problema, o que se nos intente meter con calzador en ciertos puestos simplemente porque la ley lo prevé, haciéndonos creer que vamos a conseguir derechos, o bienestar, o tal vez, reconocimiento.
Más bien parece que es tanto como reconocer el largo camino que todavía hay que recorrer. No obstante, he de admitir que la Ley de Igualdad además de necesaria, es un inicio importante de lo que esperemos sea un giro progresivo en la sociedad; porque si bien es inquietante que la igualdad haya de ser reconocida por Ley, cierto es que cuando ciertos sectores de la sociedad no avanzan, finalmente habremos de empujarles para que den ese necesario paso adelante que la inmensa mayoría pide a gritos.
Señoras, con cuota o sin cuota, ha llegado el momento de plantarnos ante una sociedad que todo lo tergiversa, y desde luego ante unos poderes económicos y políticos que en el papel pretenden crear la imagen de que tenemos muchos derechos. Pues bien, aprovechemos la cuota para poner de manifiesto, allá donde podamos, nuestros intereses, nuestras opiniones y nuestros derechos de forma ejecutiva y efectiva, y... ¿ah! aprovechemos todas juntas para cambiar el nombre del día porque el calificativo nos sobra, y hablemos sólo del día de la mujer en general que nos incluye a todas, a las sostenedoras de sociedades enteras, a las que sufren día a día por un motivo u otro, a las emprendedoras, a las niñas, a las soñadoras, a las artistas, a las que sufren privación de libertad, a las que deciden y a las que no porque trabajar, trabajar, trabajamos todas.