Me refiero a ese colectivo de mujeres trabajadoras del hogar, conocidas popularmente como interinas, -en Euskadi hay miles- que tienen que ser limpias, trabajadoras y honestas; y se las contrata por horas, con una paga, en muchos casos basura. Además, no tienen derecho a la Seguridad Social (vacaciones, bajas laborables, extras...) y por supuesto, el despido es libre. Conozco a mujeres, que después de años arrastrándose de casa en casa en estas tareas, ahora que tienen cierta edad no tienen derecho ni a una mísera pensión.
La problemática de esta mujer trabajadora, quizá en este momento merezca la pena tener en cuenta desde otra visión. Porque gran parte de las personas que contratan a las trabajadoras del hogar son grandes defensoras de los derechos humanos, al menos con la boquita grande. Es posible que se encuentren afiliadas a partidos y sindicatos muy sensibles ante cualquier conculcación de los citados derechos. Pero están transmitiendo a las nuevas generaciones que yo tengo que defender mis derechos humanos, debo compadecer a quienes lejos de mi casa no ven respetados los suyos, y puedo pisotear los derechos humanos de quienes dependen de mí. Podemos argumentar lo que nos dé la gana, pero en este caso de las empleadas del hogar, las leyes todavía no se atienen a las mismas normas que tiene cualquier otro colectivo de trabajadoras. ¿Qué ha hecho Emakunde en estos 16 años para defender a estas trabajadoras? Nada. Otro tanto se puede decir de la Comisión de empleo y mujer del Parlamento Vasco. ¿A estas miles de trabajadoras que existen en Euskadi para qué les sirve la Ley de la Igualdad? Una sociedad más humana se construye cuando no se produce este tipo de contradicciones.