El sistema energético vigente durante los últimos 100 años basado en los combustibles fósiles está dando síntomas de agotamiento. Es cada vez más evidente el impacto del consumo de estos combustibles en el medio ambiente global. La emisión de dióxido de carbono está provocando un incremento de la temperatura media del planeta que puede tener consecuencias muy negativas para la humanidad.
Por otra parte, nadie pone en duda que la producción de petróleo alcanzará su máximo en algún momento y a partir de entonces comenzará a decrecer. Cuándo va a suceder es una cuestión abierta. Hay expertos que lo ponen en este decenio, otros dentro de 20 años pero casi nadie lo pone después de 2050.
El panorama energético mundial se encuentra en transformación continua. La mayoría de países lanza diferentes planes energéticos para dar respuesta a tres grandes amenazas: el incremento continuo del consumo de energía, las exigencias de reducción de emisiones recogidas en el protocolo de Kyoto y el encarecimiento de los precios de los combustibles. Además, la sociedad es conocedora de que la energía es una de las principales claves del desarrollo y bienestar, y por ello los gobiernos realizan numerosos estudios para reducir sus altos niveles de dependencia energética
En consecuencia es posible que tengamos que enfrentarnos a medio plazo a crisis medioambientales y económicas graves. Por ello, los gobiernos de los países desarrollados están proponiendo diversas estrategias para hacerles frente. Estas estrategias van desde el desarrollo de nuevas tecnologías y el despliegue de las energías renovables al incremento de la utilización de energías más tradicionales que fueron cuestionados por su impacto ambiental en el pasado como el carbón y la energía nuclear. Hoy día, para superar esta crisis se propone el uso del hidrógeno como un vector enérgico complementario a los de la electricidad, combustibles líquidos y el gas natural. El hidrógeno en sí no produce gases de efecto invernadero como consecuencia de su oxidación. Sin embargo, como no se encuentra libre en la naturaleza, su impacto ambiental depende de cómo se obtiene. Si se obtiene a partir de recursos energéticos no renovables (gas natural, electricidad obtenida de carbón, etcétera), no contribuye a resolver los problemas ambientales y energéticos, si no a agravarlos. Además, hay un gran camino que recorrer antes de que el hidrógeno se convierta en un vector energético viable. En primer lugar, habrá que desarrollar tecnologías de producción y almacenamiento que sean económicamente y ambientalmente viables, y después habrá que montar la infraestructura necesaria. Por estos motivos, no se prevé que el hidrógeno llegue a ser un vector energético equivalente al de los combustibles líquidos, gas natural o electricidad antes de 30 o 40 años.
Sin embargo, a corto y medio plazo, las claves de cualquier solución al problema energético futuro estarán en la generalización de la eficiencia y la utilización racional de la energía.
La energía que no se utiliza es la más barata y además su impacto ambiental es nulo. Cualquier fuente renovable por muy limpia que sea tiene un impacto ambiental aunque sea mínimo. Por ejemplo las fuentes energéticas más limpias como la eólica y solar tienen el impacto propio de producir cualquier producto (materias primas utilizadas, vida del producto y fin de vida o desguace) o el visual y paisajístico que en algunos casos puede no ser despreciable.
La utilización racional de la energía comienza adaptando nuestro modo de vida de manera que dependa menos de un consumo creciente de energía, ya que es posible alcanzar los mismos niveles de bienestar con un consumo de energía inferior.
Además, es necesario desarrollar tecnologías y normativas que mejoren la eficiencia de uso final de la energía. Es decir automóviles y electrodomésticos más eficientes, edificios mejor aislados, empresas capaces de producir lo mismo con requerimientos mucho menores de energía y otros recursos naturales.
El sistema de distribución de energía tanto eléctrica como de gas y combustibles líquidos tendrá que ser mejorado considerablemente adoptando nuevas tecnologías como las pilas de combustible y la generación distribuida.
La prioridad de los recursos dedicados por la sociedad para evitar la crisis energética y medioambiental deben ir destinados a los tres aspectos mencionados de eficiencia de estilo de vida, uso final y distribución de la energía.
Será necesario, yo diría que urgente, lanzar las correspondientes campañas de sensibilización y también de incentivación en el modo en que usamos la energía en el hogar, trabajo y ocio y en el desarrollo tecnológico de productos y procesos más eficientes. Hay que destacar que éste último aspecto representa múltiples oportunidades de negocio.
Esta prioridad no significa que se deba aparcar el desarrollo de fuentes alternativas de energía o la mejora de la eficiencia en la generación, sino que temporalmente el grueso de recursos tenga como destino evitar la crisis, ya que si no fuera así se corre el riesgo de tener que volver a las fuentes energéticas tradicionales como el carbón y la energía nuclear con el impacto ambiental que ello supone.