...Una bruja mala, una guerra sucia, una niña sabia, un fuego honrado, un espantapájaros embrujado, un perro de lanas y un castillo con patas de alambre que andaba y andaba y andaba. Érase una vez un cuento largo y rotundo de la escritora londinense Diana Wynne Jones. Érase una vez una película que quizás haya ganado ayer el Oscar al Mejor Filme de Animación. Érase que se es y será por siempre jamás, un mago de los dibujos animados:Hayao Miyazaki, autor dd la divinamente demoniaca El viaje de Chihiro, de Porco Rosso y de La Princesa Mononoke.
El castillo ambulante quizás peque de desparramarse un tanto así. De dispersarse en personajes, ideas y tramas otro tanto así. De sucumbir ante algo tan glorioso como la ambición artística. De arrodillarse ante un guión que, de tan rico, va, viene, vuelve y se revuelve. Puede que El castillo ambulante no sea tan redonda, tan tremenda, tan soberbia, como los otros títulos aquí citados. Pero es una joya de muchísimos quilates premiada por el sabio y justiciero público de Sitges con el premio que es suyo por ley. Por la ley del cine y del fantástico.
El castillo ambulante es un prodigio que bebe en muchas fuentes, fuentes por todos amadas. Que si a cualquiera nos dicen que en ella hay un espantapájaros y un muchacho sin corazón, enseguida nos ponemos a pensar, a soñar, con El mago de Oz. Pero no son las fuentes lo más importante en este trozo de soberbio celuloide que quizás haya ganado anoche su Oscar. Lo importante es la animación, los colores, el palacio andante, las máquinas de guerra, el muchacho que se convierte en búho, el rey malvado, la mirada lanzada sobre y contra cualquier batalla, cualquier ejército. Lo importante es la niña transformada en anciana, el cigarro de la bruja mala, los paisajes, la banda sonora. Verdad que el espectador se pierde en los vericuetos y los campos en flor del guión y de la puesta en escena. Pero no importa. No importa por el fuego. Por los sombreros, por la recreación de una época. Por el mago emplumado. Acaso ayer ganó el Oscar.