Lunes, 6 de marzo de 2006
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CULTURA
LUISGÉ MARTÍN | ESCRITOR
«Los amores homosexuales son más oscuros e intensos que los heterosexuales»
Un coleccionista de pasiones, contando las de los otros, cuenta sus propios crímenes. Porque el amor es un crimen. Así 'Los amores confiados' se van volviendo quebradizos, oscuros, demasiado peligrosos. Como sus personajes, Luisgé Martín no se contenta con sus dones literarios: le gusta correr riesgos. Nadie sale indemne de esta biopsia sentimental a corazón abierto. Ni siquiera su autor.
«Los amores homosexuales son más oscuros e intensos que los heterosexuales»
El escritor madrileño Luisgé Martín.
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- La crónica de un crimen pasional nos adentra en cien historias de amor extremo. ¿Por qué un título como Los amores confiados?

- Es un título irónico que me gusta. Invoca esa voluntad de eternidad y de perfección que les suponemos a todos los amores en los que caemos. Como dice un amigo mío, el amor eterno dura tres años.

- Será por eso que en los recortes de prensa que colecciona su protagonista no busca Kareninas ni Raskolnikovs. Los ciudadanos convencionales, ¿son más novelescos?

- Lo que ocurre es que muchos de los ciudadanos convencionales son Kareninas y Raskolnikovs escondidos. Los asesinos son también personas muy vulgares. Se aburren la mayor parte del día.

- Los amores homosexuales, ¿son más difíciles, más intensos, o sólo diferentes a los heterosexuales?

- Los amores homosexuales son más oscuros y más intensos que los heterosexuales, pero no por su propia esencia, sino por la amenaza social y la humillación que les ha acompañado siempre. Llegará el día en que no habrá diferencias.

- Entonces, la ley que permite el matrimonio homosexual, ¿acaba con la épica de lo prohibido o crea un nuevo género?

- La ley es sólo el principio del fin, porque la épica de lo prohibido tiene que ver con los comportamientos, con la actitud social, y eso aún no ha cambiado del todo. Pero sí, acabará con ella. No habrá género nuevo.

- El lugar común dice que la infidelidad masculina sólo es erótica, mientras que la femenina, cuando se produce, es decisiva e integral. ¿Cómo se vive esa situación en el tercer sexo?

- Igual. Los gays y las lesbianas se comportan de modo diferente. La biología manda.

- Según un estudio de la universidad de Berkeley, las tasas de promiscuidad entre homosexuales superan en un 25% a las de los heterosexuales. ¿A qué atribuye tanta desinhibición?

- Mientras no haya arraigo social, mientras no haya normalidad respecto al hecho homosexual, habrá desequilibrios afectivos. La clandestinidad favorece los comportamientos promiscuos. El matrimonio homosexual igualará las tasas. Las buenas y las malas.

- Según datos del CIS, uno de cada cuatro varones españoles ha sido cliente de un prostíbulo, al menos una vez en su vida. ¿Tan mal están las cosas, treinta años después de la revolución sexual?

- Yo creo que ha cambiado mucho el sentido de la prostitución, desde el lado de los clientes. Se vive como una forma de ocio, como un entretenimiento, y no como una necesidad fisiológica. El problema está en quien se ve obligado a prostituirse, no en los clientes.

- «Hemos hecho del sexo un objeto de consumo y del amor romántico una droga». En realidad, como dice Lucía Etxebarría, ¿llamamos amor a cualquier cosa?

- Los asuntos de alcoba y del corazón cambian muy poco con el paso de las generaciones. El sexo sigue siendo una pulsión irrazonable y el amor sigue siendo la misma droga que tomó Ulises para cruzar tantos océanos.

- «El enamoramiento es un mito de tiempos de los trovadores», -continúa Milan Kundera, y nos recomienda-: «Cásese con su mejor amiga». ¿Usted también prefiere la amistad al amor?

- Yo, al contrario, aconsejaría no acostarse nunca con la mejor amiga. Y no quiero elegir. Me gustan la carne, el pescado y las verduras.

- Pero el amor verdadero, ¿empieza donde termina la idealización, o es ahí donde acaba?

- El amor verdadero es una cosa distinta en cada momento, me parece. Pero el más duradero y el que tiene más fundamento es que el empieza cuando vemos el rostro real de la persona a la que amamos.

- Lo que en tiempos de Freud se llamaba frustración sexual, hoy, ¿se

llama frustración existencial?

- Se sigue llamando frustración sexual. Lo que pasa es que, como en tiempos de Freud, la una lleva casi siempre a la otra, salvo que uno sea obispo.

- Su novela abunda en definiciones de felicidad. ¿Con cuál nos quedamos?

- Yo he sido feliz haciendo una cosa y su contraria, de modo que no puedo dar definiciones coherentes. O sí: la felicidad es ese estado, sea cual sea, en el que uno se olvida de que va a morirse.

- Su protagonista psicoanaliza la sociedad contemporánea y muchos de los antivalores inherentes a ella. ¿Le halaga que le consideren un moralista, o más bien le aterra?

- No era consciente de haber psicoanalizado tanto, pero estoy convencido de que soy un moralista. Seguramente eso es malo, pero qué le voy a hacer. Trataré de disimular mejor.

- En un mundo regido por la voluntad de no ver, la impunidad de la evidencia, ¿es una tragedia o más bien una farsa?

- Yo creo que la impunidad, hoy en día, no es la de la evidencia, sino la de la mentira. Nunca en la historia se ha mentido tanto con tantas luces y taquígrafos. Y eso es una tragedia, claro. La mayor de las de nuestra época.

- «No nos quejemos demasiado de ver a la hipocresía gobernar a los hombres» -escribió Voltaire-. «El mundo sería un infierno si no existiera la hipocresía». ¿Usted también lo piensa?

- No, no lo pienso. Una cosa es la hipocresía de andar por casa, la que calla algunas cosas por mera cortesía, y otra es la hipocresía como estilo de vida, que tan grata les resulta a las mentes bienpensantes. Y tan dañina nos resulta a los demás.

- Su infierno y su paraíso, ¿tienen nombre?

- El peor infierno, la muerte. El mejor paraíso, el viaje, el descubrimiento de lo que se desconoce.

- Entre el secreto y la traición, entre la ideología y los sentimientos. De estos cuatro sustantivos, tan decisivos en su novela, ¿qué juego le obsesiona especialmente?

- Me obsesionan mucho los secretos, esas regiones ocultas que hay en todos, incluidos nosotros mismos.

- Y, si tuviera que elegir un adjetivo para la España de hoy, ¿cómo la definiría?

- Esquizofrénica. En la España de hoy está lo más admirable y lo más infame, y cada vez hay menos términos medios. Al final va a ser verdad lo de las dos Españas, aunque me parece que la que hiela el corazón es siempre la misma.

- ¿Incluye el estado de la Cultura, o prefiere abstenerse?

- El estado de la Cultura es más corriente. Abunda más la clase media.

- George Orwell se consideraba miembro de la izquierda disidente, muy distinta de la izquierda oficial. Usted, ¿se atrevería a posicionarse en la España de hoy?

- Después de ver lo que es la derecha en España, estoy dispuesto a apuntarme a casi cualquier izquierda que se me ofrezca. Pero creo que la izquierda disidente de Orwell se parece bastante a la izquierda oficial de hoy, mutando los tiempos. Confieso que a mí me gusta mucho Zapatero.

- En este umbral del siglo XXI y de la globalización, ¿quedan utopías por las que merezca la pena luchar, incluso individualmente?

- Incontables, pero una inaplazable: lograr que nadie se muera de hambre.



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