Domingo, 5 de marzo de 2006
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POLÍTICA
Politica
Divorcio civilizado
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En el ventanal, la imagen del Museo Guggenheim muestra su silueta metálica. El debate se desarrolla en una minimalista sala de reuniones. Un termo de café, otro de leche, una jarra con zumo de naranja y una bandeja de pastas casi intacta están sobre la mesa. Se diría que los caballeros del torneo están a dieta. No prueban casi bocado pese a que es mediodía. Ni siquiera utilizan papeles. Ni toman notas. Se ven las tablas. Pastor y Barreda se conocen y bastante. Mantienen un trato cordial y afable. Son rivales políticos pero tienen en común ese punto de profesionalidad que los políticos muestran cuando están cómodos y relajados en su hábitat natural. Las horas juntos en la Cámara no pasan en balde.

La discusión se desarrolla ante diseños de Mariscal, bajo una disciplina germánica en los tiempos y una notable capacidad de autocontención. El enfrentamiento político deriva en ocasiones en una especie de gran simulacro teatral. Pero no parece el caso. No hay excesos, ciertamente, ni aparentes nervios, y ambos han renunciado expresamente a convencerse aunque, eso sí, miran a veces de reojo al reloj. Exponen argumentos duros, que caen como espadas, pero la retórica no es especialmente agria ni desabrida, aunque a veces las frases se encadenan como una espiral de agravios. Se atisban desconfianzas fraguadas en el tiempo, decepciones de quienes han ido juntos en el pasado y ahora van por carriles separados tras un divorcio que ahora entra en una fase cortés y civilizada. El enfrentamiento entre el PP y los socialistas ofrece una dicotomía natural, un antagonismo ideológico, aunque en una cuestión tan sensible como el final del terrorismo y el diálogo del futuro encierra interrogantes.

Aun y todo, Pastor y Barreda saben que, en el fondo, hay muchas cosas que les unen, más que lo que en este momento les separan. Y se ponen de verdad serios cuando escuchan la palabra responsabilidad y salta una especie de resorte invisible. Si los circuitos de la confianza y de la complicidad funcionasen mejor, los desencuentros, por áridos que sean, perderían cierto ritual de exageración melodramática y de gesticulación histriónica. Los tiempos que vienen son convulsos y difíciles y va a haber que saber administrar la discrepancia, la complejidad y el pluralismo con café y con pastas.



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