se constatara nítidamente ayer que no había acuerdo entre el gobierno iraní y la troika europea (Alemania, Francia, Reino Unido) sobre el programa nuclear iraní. Pero la parte iraní, incansable, cree que aún se podrá negociar el lunes. Ahora bien, el lunes, día 6, se celebra también en Viena la sesión ordinaria de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, que debe decidir si, por fin, envía el dossier iraní al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En una reunión extraordinaria el 4 de febrero, la agencia había notificado al consejo y dado un mes adicional de plazo a los negociadores.
Entretanto, y pese a la ausencia de acuerdo hoy por hoy, han pasado dos cosas relevantes: se ha filtrado el informe que el director de la agencia, Mohamed al-Baradei, presentará el lunes sobre el particular y los Estados Unidos y la India han suscrito un acuerdo nuclear que deja al programa militar atómico indio fuera de todo control de la Agencia, lo que puede ser visto como un estímulo objetivo a la proliferación y sugiere un doble rasero en la conducta norteamericana.
En un alarde de realismo, la agencia se ha felicitado del acuerdo, porque si puede controlar e inspeccionar el programa civil indio, la mayoría del total, eso vale más que nada, pues India se acerca al Tratado de No Proliferación, que nunca firmó. Esta triple actitud, la india, la americana y la del propio organismo regulador, la AIEA, podría indicar el camino a Irán: abandone el TNP, trabaje por libre y antes o después se reconocerá su status como potencia militar nuclear.
En su informe, al-Baradei acredita su gusto por las terceras vías y guarda un cierto margen de maniobra: reconoce que Irán, con una conducta no transparente, no puede acreditar fehacientemente que su actividad no encubra una dimensión militar, pero también que no puede certificar descubrimientos que prueben lo contrario.
Salvo sorpresa de última hora que nadie descarta, lo probable, con todo, es que la Junta de Gobernadores de la AIEA envíe el expediente al Consejo de Seguridad, donde empezará otra batalla sobre la posibilidad de ejecutar un programa de sanciones políticas y económicas contra Irán. Moscú y Pekín entrarán ahí a fondo para demorar el asunto en una batalla que también será formalmente técnica y jurídica y, en el fondo, será profundamente política.