El presidente Bush en su «visita sorpresa» a Kabul, el presidente Bush puso pie allí donde todo empezó: el régimen talibán en Afganistán fue derribado por una coalición militar encabezada por los Estados Unidos en diciembre de 2001 culpable de albergar a Osama Bin Laden. El presidente decidió presentarse en un país de la línea del frente de la «guerra contra el terrorismo» por segunda vez. La primera fue en diciembre de 2003 en Iraq cuando ya el argumentario de la invasión había girado de las armas de destrucción masiva al de dicha guerra. Entonces como ahora, Bush fue percibido más como comandante en jefe que como presidente y reservó buena parte de la escala para las tropas.
Washington desencadenó la operación «Libertad duradera» con considerable apoyo internacional derivado del hecho de que el régimen talibán del mullah Omar había acogido a Bin Laden y le había permitido crear una infraestructura en el país que, tras los atentados del 11-S, debía ser destruida sin dilación. Y lo fue. Iraq, muy posterior en el tiempo (marzo de 2003) fue, en cambio, muy distinto. Los resultados también lo han sido. En Afganistán se ha consolidado razonablemente bien el proceso político-institucional, aunque sus limitaciones sean grandes por su dependencia insoslayable de los poderes regionales de hecho. La asamblea elegida libremente y con una estimable participación no ha visto la aparición de partidos, sino la confirmación de clanes y liderazgos locales, algunos abiertamente integristas que funcionaron sin problema bajo los talibán. Resignarse a esa situación fue, sin embargo, práctico. La guerra con el régimen de Omar fue formalmente un éxito porque acabó con él con rapidez y pudo instalar otro pactado bajo la presidencia de un hombre seguro, Hamid Karzai. Pero Omar y Bin Laden se evaporaron y la inutilidad de los esfuerzos para capturarlos son una frustración militar con fuerte contenido político. Ayer en Kabul, Bush expresó su confianza en que, antes o después, Bin Laden será detenido. Entre tanto, la situación sobre el terreno se ha deteriorado el año pasado y la guerrilla talibán está lejos de ser derrotada en el sureste, lo que reconocía el martes el Pentágono. El plan de EE UU es rebajar sus casi 20.000 soldados a 16.000 en verano y dar a la OTAN un papel más amplio, lo que suscita un debate difícil en los estados miembros y un principio de decepción en Washington.