R ecién anochecido, el buscador de conchas se cruza en la calle Fuenterrabía con dos elegantes mujeres armadas con bolsas de compras y abrigos de pieles. En la Avenida, otras dos señoras caminan protegidas por largas pieles. Más allá, en la terraza acristalada del Avenida XXI, están sentadas más aficionadas a la peletería, también por pares.
El clima húmedo y supuestamente suave, nuestro carácter discreto y no se sabe si ciertos valores ecológicos han hecho que San Sebastián no sea ciudad de pieles. Pero, con estos fríos, algunas parecen haberse dejado de monsergas y han decidido sacarlas del armario. Eso sí, de dos en dos.