Acababan de ganar el Oso de plata del Festival de Berlín y regresaban a Londres cuando fueron detenidos por la policía de fronteras, que no vaciló en aplicarles la ley antiterrorista. Así comenzó para cuatro actores británicos de origen musulmán una segunda película que parecía copiar aquella que habían protagonizado, The Road to Guantánamo, donde Michael Winterbottom cuenta la peripecia de tres musulmanes británicos que acudían a una boda en Pakistán, en 2001, y terminaron en la cárcel administrada por Estados Unidos en su base naval al este de Cuba. Aunque los actores apenas permanecieron retenidos un par de horas, la confusión vino a sumarse al carnaval de equívocos de máxima tensión que mantiene al mundo en vilo durante las últimas semanas.
Cuando todavía está latente la batalla global suscitada por las caricaturas de Mahoma, se difunden nuevas imágenes de las torturas practicadas por soldados estadounidenses y británicos en la prisión irakí de Abu Grahib. Cuando todavía no acabamos de encajar que la organización terrorista Hamás ha ganado las elecciones en Palestina, el presidente iraní, Mahmud Adhmadineyad amenaza con borrar a Israel del mapa en unos momentos en que su país se dispone a reactivar sus programas de producción de uranio enriquecido. Cuando todo parecía indicar que el triunfo de la mayoría chií en los comicios irakíes iba a conducir a un cierto equilibrio, se produce primero la voladura de la mezquita Dorada de Samarra, luego la de Tikrit, y la espiral de intolerancia entre chiítas y sunitas sigue avanzando hacia la guerra civil, mientras a uno y otro lado de la frontera crecen las tesis integristas que aventan clérigos tan siniestros como el irakí Muqtada al Sáder, o como Alí Jamenei, Guía Supremo de la revolución iraní.
En definitiva, cuando la voz espectral de Bin Laden reaparece en las pantallas de Al Yazira prometiendo un apocalipsis inminente, no hace sino traducir al lenguaje de Hollywood un estado de opinión latente en todo el mundo islámico. Sin embargo, no es menos cierto que otro espíritu de fondo en sus sociedades apuesta de verdad por la Alianza de Civilizaciones, y trabaja por hacer realidad los principios de la última Cumbre de Doha. Pero entre tanta confusión, parece que siempre se impone el equívoco trágico, la espiral de tensión, la sospecha de que todas las declaraciones de buenas intenciones -incluida la última negociación entre Teherán y Moscú para enriquecer su uranio en Rusia-, ocultan una carga de profundidad absolutamente explosiva en un entorno geopolítico cada vez más exaltado, más desesperado, y más impredecible.
¿Puede realmente Europa implementar una política eficaz frente a todo eso? ¿ Es posible que las excelentes intenciones firmadas en la Asamblea de Doha reviertan la indignación suscitada en todo el Islam por las caricaturas de Mahoma? ¿ Se puede llevar a cabo un análisis realista de la situación, donde las aberraciones practicadas en Abu Graib o en Guantánamo no nos lleven a justificar, o a entender, las que predican y practican los ayatolás de Irak e Irán, no sólo contra las fuerzas de ocupación, sino contra su propia población?
En 1984, Orwell anticipó una de las claves de esta guerra de todos contra todos: «Ya que no es posible la victoria definitiva, no hay que preocuparse de si la guerra se desarrolla bien o mal. Lo que debe existir es el estado de guerra. Pues el objeto de la guerra no es vencer, sino mantener intacta la estructura de la sociedad». La sentencia vale tanto para la América de George Bush como para el Irak de Muqtada al Sader, pero eso no puede llevarnos a equiparar las democracias occidentales con los regímenes islámicos. Deberíamos tener claro que es perfectamente posible sostener al mismo tiempo que el régimen de Sadam Husein era una dictadura brutal y que la invasión de Irak fue un mal método para derrocarlo. Ahora es igualmente legítimo, y necesario, decir que los Guardianes de la Revolución iraní dirigen un régimen opresor e involucionista, pero que sería un gravísimo error bombardearlos.
Así como les sucedió a los actores de la película de Winterbottom, también en ese caso la película volvería a repetirse. En 1981, y ante una amenaza similar, la fuerza aérea israelí destruyó las instalaciones nucleares de Sadam Hussein en Osirak, vendidas al dictador irakí por el entonces primer ministro francés, Jacques Chirac.
Por supuesto, la situación geoestratégica actual es completamente distinta. Pero la amenaza para Israel, y para Occidente, es bastante mayor. Con el barril de crudo a 65 dólares y subiendo, su control del estrecho de Ormuz y sus sustanciosos contratos con Rusia y China, Irán se siente intocable. ¿Dónde está su punto débil? Sólo dentro de casa. En esa generación de irakíes menores de 35 años que avanzaban detrás de las reformas de Mohamad Jatami, los que buscaban insertarse en una sociedad moderna, los que vieron frustradas todas sus esperanzas -pero no así su futuro- con la victoria electoral de Ahmadineyad. Todos esos millones de jóvenes persas están a favor de la democracia. Su problema consiste en que el reloj nuclear y el reloj democrático marchan a distintas velocidades. El nuestro, el del desastre de Irak, también comenzó cuando los relojes de Europa y Norteamérica dejaron de marcar la misma hora.
Para que no suceda lo mismo con Irán, para que todo el Islam deje de reconocerse en la Palestina de Hamás, es preciso que los grandes agentes de la política internacional recuperen la coherencia y la concordancia de sus políticas en la zona. Ser coherentes y concordantes implica completar las buenas palabras de la Asamblea de Doha con una especie de proceso de Helsinki para toda la región. Ser coherentes y concordantes obliga a dar pasos para desactivar la nuclearización de Irán, pero también a favor de la democratización de su régimen. Apoyar a Israel, pero no olvidar la injusticia que sufre el pueblo palestino desde hace medio siglo. Promocionar los valores occidentales en Irak, pero traducirlos en beneficios tangibles para su población, no ya en grandes asambleas multipolares, sino en las calles y en los mercados, en las escuelas y en los hospitales, entre la gente que escribe la historia.
Ispahán no es sólo el lugar donde se encuentra una planta nuclear iraní, sino una de las ciudades más bellas de La Ruta de la Seda en la que viven miles de ciudadanos que no votaron a Ahmadineyad y que sueñan vivir en un país donde el respeto a la palabra de Mahoma sea compatible con los valores occidentales. Ayudarles a hacerlo posible habría de ser las clave de toda gran política que aspire a la paz en estos momentos decisivos.
Sólo quien colabora a construir un futuro mejor tiene derecho a juzgar los errores del pasado. Y, en este sentido, no hay mayor error que una bomba atómica sobre la que alguien pueda escribir algún día palabras como Abu Grahib o Guantánamo, sin que ya nadie alrededor pregunte por qué.