E l presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, hizo ayer honor a su cargo y recordó algunas cosas obvias, pero también importantes, para el proceso de la construcción europea que se olvidan con excesiva facilidad, como hemos podido comprobar en estos últimos días. Empezó su discurso pidiendo a los gobiernos que abandonen la «lógica nacionalista» y eleven su vista hasta los confines europeos.
Igualmente les recordó que Europa no será fuerte mientras no sea una y que no vamos a ninguna parte funcionando con 25 microestados que pugnan entre sí para arrebatarse parcelas de mercado, en lugar de colaborar para agrandar su perímetro común. Y, para terminar, les advirtió que estudiará todas las operaciones planteadas en la actualidad, a la luz del derecho europeo y adoptará las consecuencias que se deriven de ello.
Lo primero suena perfecto, pero lo último es poco creíble. Así como en otros campos se ha avanzado mucho, en la energía, el camino de la liberalización y de la integración está jalonado de estrepitosos fracasos. Todos los gobiernos coinciden en declarar que la energía es un sector complicado -que lo es- y estratégico -cierto, pero no más que otros-, y se lanzan a regularlo con un afán de control exhaustivo que, en la mayoría de los casos provoca severas ineficiencias y en todos ellos levanta barreras para impedir que la competencia exterior oxigene las miserias interiores.
La capacidad de Durao Barroso para solucionar este grave problema es muy escasa. Bruselas no puede luchar e imponerse a los Estados miembros de la Unión Europea. Podría quizás tratar de convencerles de su equivocación, pero hay tantos intereses creados y tantas situaciones de privilegio consolidadas que la palabra pesimista, aquí, se convierte en un sinónimo de realista.
Está bien que lo intente, para eso le pagamos, pero no se les ocurra apostar porque lo consigue.