Juanjo comenta este caso: «Estuvo el lunes viendo el entierro de la Sardina. Al terminar el espectáculo me entraron ganas de ir al váter y me acerqué a los váteres del aparcamiento del Boulevard. Curiosamente estaban cerrados al público en torno a las 20.30 horas. No me quedó más remedio que acudir rápidamente a un bar de la zona y tomarme una consumición que no me apetecía. No entiendo que los váteres públicos de la ciudad, y más los del centro, tengan horario de oficina. La gente sale a la calle cuando termina la oficina. Es inexplicable».