Según se informó en Bagdad, la morgue central de la capital iraquí había recibido 249 cadáveres desde que estallaron los gravísimos incidentes intercomunitarios el miércoles pasado, pero el diario norteamericano The Washington Post creía saber ayer en un largo informe que se han producido más de 1.300 muertos.
Este trágico e inusual baile de cifras añade más confusión a lo que realmente sucedió. Ninguna de las dos cifras incluía los 36 muertos que ayer a mediodía habían causado las explosiones producidas en Bagdad con las que terminó una cierta calma al hilo del toque de queda, percibido como un éxito del gobierno mientras los partidos hacían examen de conciencia y se daban prometedores iniciativas de pacto y reconciliación.
Era difícil ayer abrirse paso en la marea de informaciones al respecto y con trágica constancia aumentaba el número de víctimas por el hallazgo frecuente de grupos de cuerpos acribillados y someramente enterrados en muchas provincias en fechas recientes, pero no precisadas. Altos funcionarios iraquíes y el ejército norteamericano estimaban el lunes que los medios habían difundido cifras exageradas. Pero se va precisando que se ha producido un río de sangre.
La grave crisis ha producido una sensación generalizada de horror y de directo camino al abismo de la guerra civil, mencionada sin rubor por varios dirigentes.
Fue tanto el escalofrío que algunos actores políticos de primer plano, como Muqtada al-Sadr, que volvió apresuradamente al país, tomaron iniciativas balsámicas sin precedentes como organizar servicios religiosos conjuntos con participación sunní.
Fue tal el impacto que el embajador americano, Zalmay Jalilzad, describió la coyuntura como un momento de oportunidad del que podría salir, por fin, un acuerdo para formar un gobierno de unidad nacional con vocación extra-sectaria.
Eso sobreentendía, en todo caso, que la violencia fuera obra de las milicias suníes vinculadas a la insurgencia nacionalista local y de las represalias chiíes, con la milicia de al-Sadr (Ejército del Mahdi) en cabeza y no del terrorismo internacionalista de importación (los takfiríes de los comunicados oficiales).
Eso es lo que las bombas de ayer parecen desmentir: la distinción plausible entre al-Qaida (coche-bomba y, sobre todo, hombre-bomba) y rebelión convencional recuperable por vías políticas en la comunidad sunní no termina de precisarse.
Y es como si tras la guerra civil entrevista durante 72 horas y cancelada a toda velocidad volviera la trágica rutina yihadista