Se pintó la cara antes que Marilyn Manson, fue titiritero antes que Enrique Bunbury y se comportó como un depravado televisivo antes que las Vulpes. La historia de la Orquesta Mondragón ilustra hasta dónde puede llegar un botones de banco, convenientemente estimulado para huir de la oficina. Cuando Javier Gurruchaga apareció en aquel Musical Express que presentaba Ángel Casas, vestido de novia y manteniendo relaciones sexuales completas con un osito de peluche, ya llevaba algunos años recorriendo las salas guipuzcoanas con su manicomio itinerante. Aquella aparición televisiva consiguió, al menos, popularizar el psiquiátrico en el que vivía el poeta Leopoldo Panero. Por lo demás, los primeros tiempos de la banda fueron muy brillantes en la creación de canciones y de todo un mundo propio. Luego, discos como Ellos las prefieren gordas trajeron una época de decadencia en tono de esperpento y, por lo tanto, donostiarra. Si algo ha sabido Gurruchaga es rodearse de las personas adecuadas. De hecho, la lista de colaboradores que en estos treinta años han desfilado por los créditos de la Orquesta aún impresiona: Jaime Stinus, Eduardo Haro Ibars, Luis Alberto de Cuenca, Iván Zulueta, Joaquín Sabina... Ahora, la Orquesta Mondragón vuelve a subirse a un escenario donostiarra, con toda su parafernalia de circo rockanrrolero y -si quieres verlo así-, con ese punto de tristeza que todo payaso oculta debajo del maquillaje.