A comienzos de semana, varias concejalas hacían una breve valoración del Carnaval en una tertulia radiofónica. Una de ellas decía que había que aplaudir a aquéllos que se disfrazaban. Triste señal que el hecho de ponerse un disfraz en Carnaval sea algo meritorio. Algunos somos demasiado jóvenes para recordar los carnavales de la transición, pero nos damos cuenta de que algo no termina de cuajar. Los que ponen el color en la calle son los niños, algo fenomenal, pero se echa de menos la explosión de ingenio que una fiesta como esta exige. Siempre hay excepciones y tenemos cuadrillas que consiguen despertar una sonrisa a su paso, pero es una minoría. Puede que sea algo intrínseco, ya que no sólo el ambiente del Carnaval está cuestionado. Al menos nos consolaremos viendo a los niños. ¿Bien por ellos!