Lunes, 27 de febrero de 2006
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CULTURA
ANÁLISIS
El mundo en el cine
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Terminó el sábado la edición segunda de De Vista, Festival Internacional de Cine Documental de Navarra. Acabó premiando un puñado de fotogramas bien potentes.Tres menciones especiales (dotadas con mil euros, el dinero es siempre vital para un documentalista), un premio al mejor director reservado a François Bovy por su soberbia utilización de las herramientas cinematográficas en Melodías; otro galardón al mejor cortometraje a Le pont sur la Drina en el que Xavier Lukomski planta su cámara sobre un puente al este de Bosnia y deja que oigamos una voz. Tan sólo palabras. Palabras convertidas en arma cinematográfica. Por debajo de aquel puente pasaban, ya sin grito, los cadáveres de quienes murieron en la guerra de Viegrad.

Hubo un trofeo más. El Gran Premio Punto de Vista que Bovy compartió con Nathalie Dalaunoy, una muchacha belga que también planta la cámara bien plantada en Sonia y deja que la mujer que hay detrás de ese nombre, una intelectual que ha ejercido la prostitución durante 30 años, reflexione sobre el sexo, la seducción, los hombres y las mujeres. Sólo cuatro movimientos hace la cámara. Los justos para enmarcarnos en la habitación de Sonia. Lo demás es una voz. Silencios. Y un rostro.

Esos fueron los premios de De vista 2006 pero hubo mucho más cine en las pantallas de Pamplona entre el 17 y el 25 de febrero. De hecho, casi todo el mundo quedó reflejado en las salas del complejo Civican y los cines Golem Yamaguchi. El mundo que conocemos y el que todavía hoy nos sigue siendo ignoto. Una de las retrospectivas estuvo dedicado al documental clásico de Japón, ciclo subtitulado El cine de los mil años, hermosa expresión que hace referencia a una historia de leyenda: El director Shinsuke Ogawa comprobó en 1987 que le resultaba realmente imposible encontrar una pantalla en la que estrenar un documental al que había dedicado 13 años de su vida: El reloj de sol que marca milenios. Con la osadía que da la desesperación y la complicidad de algunos, construyó una sala de madera y adobe a la que llamó, precisamente, El cine de mil años. Allí se proyectó la película. Durante un mes. Luego la casa fue desmontada. Como si jamás hubiera existido. Pero había existido.

Esa sala es la gran metáfora de los mundos que aparecen en el documental. Mundos que parecerían no existir si no fueran reflejados por alguna cámara. Mundos de Colombia y Georgia. Los mundos de nuestra Guerra. Mundos de pan y crack. Mundos que, algunos, pasaron por el festival de Donostia (Oyún) y otros estarán en los Oscar y en los Encuentros de Cine y Derechos Humanos: (Murderball). Mundos íntimos (muchas de las obras presentadas tomaban como base películas de aficionados que sólo una labor de pura investigación o un golpe de gran suerte habían rescatado de baúles y desvanes) y mundos que a todos nos pertenecen. Mundos de cine diferentes en el que, como hemos dicho, la imagen se planta y cede protagonismo todo a la voz, la voz humana o la del mundo mismo. Y porque en Pamplona la oímos, existió. Y existe.



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