BERLÍN. DV. Los sabios antiguos, el mismo Hipócrates, creyeron que la extraña y al mismo tiempo bellísima relación entre el genio y la locura era producto de las bilis que recorrían el flujo sanguíneo. La melancolía, que provocaría que las grandes mentes, los grandes creadores, se hundieran hasta desaparecer en sus pensamientos, sería fruto de la bilis negra, la melas cole.
Hijos de Saturno se les llamaría también a los grandes artistas, los seres poseídos por fuerzas más grandes que la vida misma. Picasso escribiría un buen día a un amigo y mecenas: «Soy español, señor. Y los españoles aman la tristeza». Acedia llamaron los estudiosos a los arrebatos místicos de los primeros eremitas, arrebatos de tan altísima intensidad que podían hacerles caer, incluso, en brazos de Áquel que tal vez fuera el primer meláncolico: Lucifer, nostálgico por haber sido el ángel favorito de Dios y el primero que se alzó contra Él.
La exposición que habita en la Potsdamer Platz (lugar melancólico donde los hubiere: fue centro neurálgico de un Berlín feliz, búnker de la Gestapo, Hitler y las SS, tierra baldía para toda una generación y hoy punto de encuentro de las arquitecturas del futuro) representa un recorrido por los claroscuros del alma occidental. Desde la figura doliente de un Narciso de mármol roto que se estremece por haberse enamorado de su reflejo en el agua, hasta el ayer mismo de la desgana existencial que corroe a los personajes del Lost in Translation de Sofia Coppola, y el mañana de un vídeo tremendo del mexicano Carlos Amorales donde lobos negros invaden una ciudad de acero y alambradas mientras una música electrónica retumba en los cristales de la superficie vacía que es en una primera mirada la Neue Nationalgalerie creada por Mies Van der Rohe. El espacio para las exposiciones es subterráneo. Y en esas catacumbas, 300 obras de arte y tristeza. Durero casi todo y el Max Ernst que en su terrible Der Triumph des Surrealismus muestra con un pájaro informe su temblor por el alzamiento del fascismo en Europa. 300 obras recorren los distintos duelos de estos veintiún siglos. Variaciones múltiples del Cristo de los Pesares, esa imagen del Hijo de Dios y del Hombre que, coronado de espinas, sentado sobre la roca, cubierto sólo con paño, medita sobre el cáliz que ya ha comenzado a beber.
300 obras muestran por qué El Hombre atraviesa Valles de Sombras y Noches Oscuras. La melancolía no siempre ha tenido las mismas razones. Hubo una provocada por el ansia de estar cerca de Dios y saberLo lejano. Después apareció el fantasma de la vanidad de vanidades, cuando el ser humano descubre lo díficil que será trascender a La Muerte y comprueba que ni riquezas ni sabiduría le seguirán a la tumba. Recuerda el hombre que polvo es, siquiera enamorado, y el arte, el arte cotidiano (relojes, esmaltes, arquetas), se llena de objetos llamados Memento mori, recordatorios de que para morir, nacemos.
Batman y Nietzsche
En la exposición van apareciendo todos los seres dolientes del Universo. Se suicida Werther y Sthendal es acuchillado por el dolor impío de la belleza máxima mientras Caspar David Friedrich crea paisajes tomados por las nieblas y los rayos muertos de la luna. Van Gogh retrata a la Arlesiana, su mente vagando hacia campos de girasoles, y Batman, el superhéroe triste, contempla desde Gotham a la gárgola eterna de Notre Dame de París, la mirada perdida, guardiana de la catedral contra otros monstruos que, en realidad, son sus iguales.
Nietzsche reflexiona sobre los dioses muertos en el retrato de Karl Bauer y la mujer al sol de Hopper fuma desnuda entre luces que parecen no venir de ninguna parte. En la exposición están Dalí y Nina Hagen, William Blake y Hans Fallada, el hombre que escribiera el que según Primo Levi es el libro más hermoso sobre la resistencia alemana contra los nazis. Sucede en Berlín. Hasta el 7 de mayo. En la ilustración de la entrada, sólo 10 euros, el Lucifer de Franz von Stuck mira al visitante, ojos de azufre iluminados.