Lunes, 27 de febrero de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
EDUCACIÓN
Templa las aulas
Establecer unas pocas normas, de forma clara, y hacerlas cumplir es la mejor receta para recuperar la disciplina en los centros escolares
José Irizar, con escolares en el comedor del Instituto de Bidebieta de Donostia. La buena relación no está reñida con la firmeza, dice. [JOSE USOZ]
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SAN SEBASTIÁN. DV. Entra una nueva profesora a una de las aulas de ESO del instituto de Bidebieta, en San Sebastián. Está muy bien preparada y sabe dar una clase. Pero le ha tocado un grupo de revoltosos. Se lo van a poner difícil. En unos pocos días han tensando la cuerda hasta conseguir que la mujer se desespere. Quiere dejarlo. Pero, ¿alto! Surgen voces en el claustro de profesores. «De eso nada», argumenta el director del centro, José Irizar. «Espera y verás». Al día siguiente el director se sienta en las últimas filas de la clase con cara de perro. No se oyen risas. Ni volverán a escucharse. El asunto se zanja con unos días de trabajo extra para los alumnos con el fin de recuperar el tiempo perdido.

Atajar los problemas a tiempo ha sido el secreto del éxito del Instituto de Bidebieta. Es la única receta para combatir los problemas de disciplina, violencia, drogas o cualquiera de los que surgen en torno a las aulas. «Los chavales siempre te están midiendo», explica Irizar. «No lo hacen por maldad, sino por falta de autocontrol».

Controlar la clase

En el caso de aquella profesora, no volvieron los problemas. «Aquí tenemos mucha costumbre, cuando el curso es muy difícil, de estar en clase dos profesores a la vez. Uno da la clase y otro ayuda a controlarla. O los dos dan la clase». El mismo Irizar ha hecho de porter todas las veces que han sido necesarias. «Una hora extra de trabajo supone menos horas futuras de dolores de cabeza», dice. «Yo he rentabilizado la fama de años anteriores».

El instituto de Bidebieta se ha ganado la fama de hacer las cosas bien. A él llegan profesores de otros centros en busca de consejo. La receta de su éxito es reaccionar a tiempo y asumir la idea de que todo acto tiene sus consecuencias. «Aquí se barre mucho el patio y se quitan muchos chicles pegados en el suelo», dice el director. José Irizar está al frente de un centro que agrupa a 200 chavales de la ESO, Bachillerato y Formación Profesional. Él trabaja directamente con los que tienen de 12 a 16 años, los más problemáticos.

Uno de los principios del centro es que no se puede llegar tarde a clase. Costó hacerlo entender. «Los alumnos se rebelaban, se escapaban, arrancaban las listas». José Irizar aprendió a no enfadarse y a aplicar le ley interna. El que llega 15 minutos tarde por la mañana, barre el viernes el patio. «La constancia es la clave. Me llaman pesado, pero es mi tarea».

Las normas son pocas, claras y hay que cumplirlas. El que ha perdido clase, la recupera. Un expulsado, no está en el pasillo con las manos en los bolsillos. «Se va con un trabajo. Si lo acaba, bien. Y si no, lo termina a las cinco de la tarde. Les decimos que gastan el dinero del contribuyente y tienen que aprovecharlo».

Rentabilizar esfuerzos

Los esfuerzos del pasado siempre se rentabilizan. La educación es una carrera de fondo. Hay que partir de ideas claras y una de ellas es que no puede haber droga en el centro. «Hace cuatro años detectamos un movimiento extraño en los baños. Un estudiante terminó sacando una china del bolsillo. Nos movilizamos en seguida. Aviso a la familia y pasó un mes quitando chicles del patio». Durante diez minutos, todos los recreos, un chaval alto, guapo y rubio iba con su rascador seguido por la jefa de estudios a la que sacaba la cabeza. Cuando quitaba 10 ó 15, ella le dejaba irse a jugar. «Fue un castigo simbólico, pero sobre todo visual. Durante varios años no hemos vuelto a ver droga en el instituto».

Centro sin violencia

¿Apoyan los padres este tipo de medidas? «En las cosas razonables te apoyan, aunque hay de todo. A veces tenemos que hacer también con ellos una tarea educativa». El instituto se ha convertido en un centro sin violencia. ¿Por qué? «En cuanto hay un conato, los dos que se han peleado se van expulsados a casa. Se les explica a los padres y a ellos que el camino no es pelear, sino exponer el problema al tutor o a quien sea».

Tampoco hay amenazas a los profesores. «Hace ocho o diez años, por una amenaza, llegamos hasta el Juzgado. Amenazar a un funcionario público es un delito contemplado en la ley. Hoy no se atreve a hacerlo nadie». Y es que el estilo de José Irizar, que lleva 25 años en el centro, es el de guante blanco en mano de hierro. Carácter afable, firmeza y determinación. Ese es el cóctel. ¿Se ven los resultados? «Tú ves la evolución del buen alumno. La del alumno difícil, si la hay, no la ves. Pudo haber una relación conflictiva, pero no de odio. Cuando te lo encuentras, no hay rencor».

Imponer la disciplina resulta agotador. «Nos interesa que el centro funcione y asumimos la parte de perro guardián. En la profesión no conozco a nadie que le guste esta tarea. Pero hay que hacerla».

Los tiempos no ayudan. «Hay ideas elementales que no están de moda. Por ejemplo, que hay que poner límites claros y que la ley está para cumplirla». Le costa que en los centros escolares hay violencia y acoso. Pero el sistema educativo español y el vasco son «blandos como la gelatina», dice. «Venimos del franquismo y asimilamos que autoridad es igual a fascismo, lo que es una auténtica falacia».

Ser permisivo es cómodo

Y la alarma ha surgido. «Educar a los hijos requiere tiempo. Es más cómodo ser permisivo. Vivimos en la civilización de la comodidad. A la gente con un buen trabajo y un sueldo decente le cuesta relegar las posibilidades que ofrece el tiempo libre y el entretenimiento porque hay que ocuparse de los hijos, cuesta. Y los chavales van muy sueltos. Lo decía el profesor que fue agredido en Navarra: 'Consiguen las cosas sin esfuerzo'. Y la educación, donde nada se consigue sin esfuerzo, se les hace tremendamente dura».

Los inmigrantes, mejores

Que no le echen la culpa a los inmigrantes, dice. En el Instituto de Bidebieta, un tercio de los alumnos son extranjeros. Hay alumnos procedentes de Rumanía, Rusia, Ucrania, Nicaragua, Cuba o Estados Unidos.

«El sistema educativo en sus países de origen es más estricto. Y la conclusión es clarísima. Los alumnos extranjeros aportan en conducta y en nivel académico una mejora al instituto. El problema es que en poco tiempo se contagian de los malos hábitos locales».



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