Veinticinco años después de la intentona golpista en el Congreso, y a pesar de que nuestros políticos no paren de colgarse medallas a la hora de hablar del fortalecimiento de las instituciones a partir de esa siniestra fecha (incluso los que no jugaron, entonces, papel alguno), hay que reconocer que los principios básicos del consenso democrático no gozan de muy buena salud.
Teniendo en cuenta el grado tan elevado de confrontación parlamentaria, quizás el error resida en el empeño de proclamar solemnes declaraciones institucionales que, para contentar a los minoritarios más inflexibles, acaban siendo declaraciones injustas y, lo que es más preocupante, tergiversadoras de la historia.
No es de recibo que, después del reconocimiento público y notorio por parte de todos (incluido el Gobierno Vasco en su comunicado del día siguiente, 24-F de 1981) del papel decisivo del Rey para parar el golpe, los parlamentarios actuales, le bajen del podio. Por obra y gracia de los republicanos de Esquerra (ocho escaños de los 350 del hemiciclo) y de EA (uno) la idea que se desprende del texto es que el monarca vino a desempeñar un papel ni más ni menos importante que los sindicatos o los medios de comunicación. ¿Qué ingratos, ahora! De la ciudadanía, poco se pudo presumir por nuestras latitudes vascas si recordamos la incapacidad de los políticos para convocar una manifestación unitaria. ¿Qué miseria, entonces! Y qué vergüenza al ver al millón de ciudadanos discurrir por las calles de Madrid para defender la democracia y la Constitución, que ese lema fue, precisamente, el que echó por la borda en Euskadi la movilización popular. Hay que reconocerlo: no se estuvo a la altura. Y esa vergüenza también quedará escrita para la Historia a no ser que llegue un político de última hornada queriendo, también, tergiversarla.
En estos días de recordatorio en los que prima el morbo de la anécdota sobre las consecuencias que produjeron aquellos movimientos (después vendría la LOAPA y ETA-pm decidió, en su mayoría, el abandono de las armas), hay quien se pregunta qué habría ocurrido si el monarca se hubiera ido por la puerta de atrás del Palacio, como se fueron algunos políticos vascos en cuanto empezaron a circular los rumores de las listas negras. Es cierto que alguno se fue por mar; pero la mayoría se escondió más cerca. La familia que acogió al lehendakari todavía guarda la planta de esos días, un tronco de Brasil que ha sobrevivido y lo llaman '23-F'. Teo Uriarte se paseó por el hotel Ercilla con la idea de que si le iban a fusilar que, al menos, fuera en público, y allí se encontró con Idigoras, que se estaba tomando una copa. A Mario Onaindía le dio por ir al cine. Si le iban a detener, que fuera en ese escenario Anécdotas aparte, las instituciones han sobrevivido pero, en los hemiciclos parlamentarios, van cayendo los talismanes. Aralar impide, con su único escaño, una declaración del Parlamento de respaldo a los empresarios. Dice no estar dispuesta a que la palabra 'condena' se convierta en un «tótem». Si la semana pasada los empresarios decían que no tenían datos para creer en una tregua, hoy siguen experimentando la soledad institucional en plena campaña de extorsión terrorista. Decía Richter que la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados. Menos mal.