Hoy se cumple un cuarto de siglo de uno de los acontecimientos más cruciales y vergonzosos de la historia contemporánea de España. Se lo conoce popularmente como el 23-F, intento de golpe de Estado ejecutado por el teniente coronel Antonio Tejero Molina, inmortalizado blandiendo una pistola desde el podio del Congreso de los Diputados de Madrid, mientras el Gobierno y el Congreso en pleno estaban bajo las bocas de las metralletas. Los guías del sobrio edificio de corte clásico señalan en el techo las huellas de los disparos que dieron la vuelta al mundo. Pero ¿qué pasó en realidad ese día?
Del juicio espectacular, del que salieron suavemente culpables una docena de altos mandos militares, todavía reverberan palabras lúcidas. Las pronunció el propio Tejero, al contestar a una pregunta del fiscal: «Lo que yo quisiera es que alguien me explicara lo del 23-F, porque yo lo no entiendo».
Se sabe mucho de aquel incidente que, según algunos, sirvió para consolidar la democracia española, y para otros solamente para tapar pudorosamente algunas verdades hirientes, traiciones inexcusables y complicidades irremplazables. Entre el volumen notable de publicaciones urgentes generadas entonces y en sucesivos aniversarios, algunas obras han resistido el paso del tiempo, justificando reediciones y actualizaciones.
A este género pertenece un libro modélico por su rigurosidad periodística (en la mejor tradición de nuevo periodismo narrativo e interpretativo) y por sus certeros juicios. Leído como una novela y documento de urgencia, La noche de Tejero, de José Oneto, entonces director de la influyente revista Cambio 16 ahora reeditada con una reveladora introducción de setenta páginas, es un clásico. Aparte de los detalles tratados en su versión original, que hoy convence más, dos dimensiones (una interna y otra externa) sirvieron para responder a la legítima demanda de Tejero, dedicado al cultivo del tomate en un huerto costero desde que salió de la cárcel, gracias a la generosidad de la democracia española.
Oneto nos recuerda que el 23-F fue simplemente uno de los varios golpes que se preparaban, alguno suave, otro más cruento. Simplemente sirvió con su desastre para echar por los suelos los planes maquiavélicos y mesiánicos que tenían otros militares de mayor graduación. Todos ellos, como el general Miláns del Bosch, que en Valencia mandó los tanques a la calle, y sobre todo el general Alfonso Armada (ahora dedicado al cultivo de camelias en Galicia), quien «se ofreció» para presidir un gobierno de salvación nacional, estaban dominados por un concepto típico de España.
Tejero fue paradójicamente el más honesto de los militares. Cuando Armada lo visitó en el Congreso y le presentó una lista con el posible gobierno de coalición, en la que aparecían insólitamente socialistas, comunistas, liberales y monárquicos, Tejero le espetó que él no había hecho todo aquello para «esa chapuza». Armada, fuera de sí, decía que Tejero se había vuelto loco. Era, en realidad, el más lúcido. Por eso todavía espera que le expliquen el 23-F.
La dimensión exterior que hoy cobra más importancia es el enigma que pocos entonces insistieron en explorar: el papel de Estados Unidos. ¿Cómo era posible que una trama múltiple, en la que estuvieron implicados más de 4.000 militares, no fuera detectada por los servicios de inteligencia de Washington, en una época peligrosa de la Guerra Fría, en plena transición del moderado wilsonianismo de Jimmy Carter a la Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan? Por supuesto que la CIA y otras agencias supieron de los preparativos, como lo prueban los movimientos militares en las costas españolas y en las bases. Y, naturalmente, entonces y ahora cobra su perfil adecuado la frase emitida por Alexander Haig, como secretario de Estado, al comentar sobre el intento de golpe: «Es un asunto interno». Washington jugó entonces con fuego, al abstenerse a la espera de que un régimen más autoritario se asentara en el sur de una Europa todavía amenazada por los blindados y misiles soviéticos. Después de todo era la misma lógica que justificó le abrazo de Eisenhower a Franco.
Al igual que al mesianismo de Armada, a los responsables norteamericanos de entonces les importaban muy poco las consecuencias de hacer retroceder la historia. Asusta pensar cómo sería hoy el ya bajo prestigio de Washington de haber servido de cómplice del renacimiento de las dictaduras del sur de Europa, al igual que apoyó el surgimiento de los sangrientos regímenes del Cono Sur latinoamericano. Pero a la vista del desastre de Irak, ya nada extraña.