En Irak se está produciendo lo que Darwin llamaba selección de las especies, pero de una manera acelerada y un poco a lo bestia. La guerra americana ha dado paso a una 'pax americana', tal vez con menos ruido que aquellas bombas inolvidables de novecientos kilos, pero con gran efectividad de desolación y estropicio.
Podemos afirmar sin temor que, por fin, la democracia es el bien absoluto, puesto que se está cumpliendo la voluntad de todos los iraquíes: mataos los unos a los otros como yo os he matado. Un tratamiento quirúrgico que persigue recobrar la salud del enfermo. Recuerda, en cierto modo, a la batalla que libra la quimioterapia contra el cáncer, en la que muchas células buenas deben perecer junto con aquellas otras propagadoras del mal. Traspasada la línea roja del caos, la inseguridad y el hambre, recuperar la cordura colectiva es improbable y la individual, imposible.
El bombardeo de una mezquita chií y la respuesta fanática del asesinato de clérigos suníes nos recuerda que con la iglesia hemos topado, amigo Sancho. Y que la guerra de religiones no se circunscribe, como en los viejos tiempos, al moros contra cristianos. Aquí todos son moros y ninguno de ellos reproduciría la imagen del profeta Mahoma, lo que no sofoca el incendio de su odio atávico. Tampoco, ninguno de los soldados americanos tiene particular aspecto ignaciano como para que su ejemplo arranque la conversión. Antes bien, a lo que parece, las mazmorras de Sadam eran un balneario comparadas con los centros de reeducación (para la eternidad) de los sobrinos de Tío Sam.
En esta tesitura, reconforta observar los frutos obtenidos por la nueva impronta de paz, el espíritu de reconciliación sembrado por nuestros conquistadores.
La predisposición solidaria, en fin, nacida al calor de los electrodos aplicados en Abú Ghraib para que los jóvenes iraquíes no se duerman ante su futuro, o el hedonismo insuflado a las modernas prácticas de tortura, con su punto de morbo. Y sobre todo, la recuperación del martirio, en desuso desde los primeros cristianos, para lograr hombres de reciedumbre y fe para que su redención sea reconocida por Alá. Estamos surtiendo al Paraíso de devotos dichosos que mueren bajo la espada de su propio hermano, erradicado el infiel invasor. Afirmada nuestra huella de civilización, ésta se alza imperecedera con los cipreses en los cementerios, las grandes ciudades del nuevo tiempo que surgen de la guerra, donde todos los iraquíes son iguales ante Alá, se acabaron las penurias y el hombre vive feliz eternamente.
Al renacimiento de la ocupación sucede el romanticismo de la guerra civil. os chiíes gritan contra Occidente y los americanos, mientras asesinan a sus hermanos bajo la advocación de su mismo dios.