No soy una persona espontánea. Por eso, aún me sorprendo al recordar mi decidida actitud de aquella tarde. Tras varios años sin vernos, coincidía con Luisa en la barra de un café. Estaba radiante. Fue apenas saludarnos y compartir unos instantes de charla, cuando me lancé a besar el mechón que caía sobre su boca, apretándola contra mí. Ella se zafó de mi audacia como quien sale del agua tras una larga inmersión, y respirando hondo, gritó: «Pero, ¿tú qué te has creído, imbécil? ¿Besarme así, sin más ni más?». Y luego, más calmada: «Si te gusta una chica, tienes que tomarte el trabajo de conquistarla. Llevarla al cine, a cenar a un lugar romántico, sorprenderla con regalos... buscar el momento propicio. Lo tuyo no es normal. En fin, siempre pensé que estabas mal de la cabeza».
Sin embargo, yo recordaba una experiencia en el sentido contrario: el de la mujer que no deja tiempo para la seducción. Katy me lo había propuesto abiertamente nada más conocernos en aquella fiesta. Por supuesto, yo no estaba preparado y me hice el sueco. Siempre me vi en el papel de galán de alta comedia que se debe ensayar. La mañana nos sorprendía a los dos en la cafetería del Orly, tras una noche de copas. La situación era obvia, pero creí más conveniente postergar ese momento que se supone sublime. El amor siempre entristece y sólo lo salva la ilusión. El espejo me devolvía un rostro desencajado, sentía la lengua pastosa. Propuse una nueva cita. Su respuesta fue de aquellas que se quedan grabadas: «¿Para qué, para jugar al parchís?».