Jueves, 23 de febrero de 2006
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AlDia
Segundos e infierno
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Venga, que yo controlo, dijo Pello después de dos cubatas y antes de provocar un siniestro en el que una persona pudo morir, pudo quedar paralítica, pudo perder una pierna, pero no le sucedió nada. Suerte por esa vez. Un automóvil es un artefacto de más de una tonelada que, dejado a su aire, aunque sea por un instante, el más fugaz que quepa imaginar, puede matar. El accidente es intrínseco al invento, como dice Paul Virilio. Con el Titanic también nació la moderna catástrofe trasatlántica. Con el coche ocurre lo mismo, el accidente es inevitable, y su probabilidad crece con el incremento exponencial de su uso. El azar puede ser muy traicionero. Mejor que si nos va a jugar una mala pasada, no nos pille embotados. En un coche a todo trapo, la reacción tiene que ser como la de un velocista. Unos segundos te separan del infierno.

No debe banalizarse el hecho de que un coche sea utilizado por quien tiene una merma, siquiera transitoria, de sus facultades, porque el desenlace puede ser trágico: la muerte del prójimo. El que quiera poner en riesgo una vida, que lo haga allá donde sólo pueda arriesgar la suya propia.



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