Si algo ha caracterizado siempre a Llach, referente de ese cajón de sastre que se conoce como canción de autor, sección compromiso social, a mitad de camino entre la tradición literaria y el discurso identitario, es su capacidad para radiografiar la realidad circundante y mirar el resultado a contraluz sin anestesias. Hoy, cuando enfila el ocaso voluntario de su trayectoria, ha querido, no por casualidad, que los acontecimientos que rodearon las muertes obreras en Vitoria vertebraran sus recuerdos musicales, por lo que tuvieron de punto de inflexión en una visión sobre la realidad española que, con los años se ha convertido en ácida y desencantada. Su Ítaca personal está a la vista. Hace tres años, en plena gira, dijo «Si alguna España es posible es la del respeto escrupuloso a todas sus identidades. La diferencia es riqueza y mientras eso se vea como problema estamos en la España del túnel, la de siempre». Son esas afirmaciones, las que convierten a tipos como Llach en músicos pegados a su tiempo, amén de polemista de retórica contundente y locuacidad discursiva abrumadora. Esas palabras suenan como si no hubiera pasado el tiempo. Ni para eso, ni para recordar que nadie tuvo nunca un gesto por aquellos daños colaterales en que se convirtieron cinco obreros que reclamaban 6.000 pesetas más de salario. Habrá quien piense que hacer coincidir el anuncio de su retirada con la gira de su último espectáculo huele a jugada comercial. como si estuviera hablando de Tina Turner. ¿Oportunista?, tal vez, oportuno, sin duda. Se marcha con dos composiciones inspiradas por la polémica del Estatut Catalán ¿Quien si no él iba a ser?