Se va confirmando que a Rob Reiner le cuesta mucho darle la vuelta a ese suave declive en el que está metido. Ya no son para el director los tiempos en que lograba renovar la comedia y darle un toque de distinción que otros no poseían, como en Harry encontró a Sally. O los tiempos en los que nos sorprendía con giros hacia el terror de altura, como Misery, o con otro Stephen King muy especial, Cuenta conmigo, o con fantasías eternas como La princesa prometida.
Ahora Rob Reiner parece querer regresar a la comedia romántica con Dicen por ahí, en la que se le ve el oficio y brotan destellos de su antiguo ingenio, pero no tiene suficiente garra como para destacar entre la maraña de comedias sentimentales difícilmente distinguibles que produce Hollywood cada año.
La culpa está en parte en un guión, escrito por Ted Griffin, que ha hecho mejores cosas, como Ocean's Eleven. La historia parte de una idea sugerente y algo loca, pero no sabe cómo alimentar después el enredo. Por un lado se ve que el autor es muy cinéfilo, y además de una conversación en la que todos juegan a citar películas, o una fiesta montada como el Rick's de Casablanca con piano, pianista y As Times Goes By, se mete en un juego de referencias a El graduado para construir la trama. Todo parte de imaginar qué pasaría con las siguientes generaciones de la Mrs. Robinsson que se acostaba con un jovencito Dustin Hoffman. Y la conclusión es que el jovencito en las décadas siguientes se acostaría con la hija de la señora y también con la nieta. Aquí Kevin Costner es el amante plurigeneracional, y funciona bien como bon vivant, adinerado y seductor. A su lado, Jennifer Aniston está un poco pasada, pero todo el reparto contribuye a sacar un poco de la nadería a este Dicen por ahí, que no es tan malévolo como el mundo del cotilleo al que alude. Y su romanticismo es de pura postal, inconsistente. Sin embargo, Rob Reiner aún consigue hacer hora y media de entretenimiento liviano, tan efectivo como olvidable. Con la ayuda de una corrosiva, ella sí, Shirley MacLaine.