Éste es un reportaje sobre la larga noche que comenzó a las 18.20 horas del 23 de febrero de 1981, cuando 200 guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero entraron a tiros en el Congreso de los Diputados, y terminó a las 12.50 horas del día siguiente, cuando la Junta de Jefes del Estado Mayor dio por fracasado el intento de golpe de estado. El texto ha sido elaborado con los testimonios de personas que hace 25 años vivieron desde diferentes lugares aquellas horas de sables. Carlos Garaikoetxea era entonces lehendakari; José María Benegas había dejado su escaño como diputado socialista para presentarse como candidato a la presidencia vasca; Javier Olaberri era parlamentario de Euskadiko Ezkerra; Andoni Monforte, diputado del PNV, y Eli Galdos, viceconsejero de Interior.
I. EL PRIMER DISPARO
Un diputado acababa de recordar la fama de gafe que desde hacía años acompañaba a Leopoldo Calvo Sotelo. Pocos minutos después, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero interrumpía a tiros la votación en la sesión de investidura del futuro presidente. Andoni Monforte, del PNV, estaba preparándose para acercarse a la urna cuando se escucharon las ráfagas de metralleta. Desde el suelo, pensó en que no podía ser cierto que Calvo Sotelo tuviera tanta mala suerte.
Los disparos en el interior del hemiciclo no habían sido los primeros. José María Benegas se hallaba frente a la puerta giratoria charlando con el periodista José Luis Torres Murillo cuando a su lado pasó corriendo el teniente coronel Antonio Tejero seguido de guardias civiles. Antes de entrar a enfrentarse con los diputados para gritar «Todo el mundo al suelo», Tejero alzó un brazo y disparó al techo del pasillo.
Benegas no era diputado en ese momento. Había renunciado a serlo en marzo de 1980 para poder presentarse en el País Vasco como candidato a lehendakari. Aquel 23 de febrero había acudido a la sesión de investidura como invitado y en el momento de la votación se dirigió hacia el bar. Fue allí donde entró precipitadamente tras cruzarse con los guardias civiles y oír el primer grito que dio Tejero con su pistola.
En compañía de periodistas y escoltas armados, el político socialista escuchó los disparos que llegaban desde el hemiciclo. En ese momento ninguno de ellos sabía hacia dónde apuntaban las armas. Nadie sabía nada, si disparaban al aire o a los cuerpos de los diputados, y nadie sabía quiénes eran aquellos hombres que habían irrumpido en el Congreso.
Alguien aventuró que se trataba de un comando de ETA disfrazado con uniformes de la Guardia Civil. La hipótesis no era cierta, pero tampoco descabellada en la España de principios de 1981, sumida en una implacable ofensiva de violencia. En 1979, la organización terrorista, dividida entonces en las ramas militar y político-militar, asesinó a 118 personas, cifra que ascendió a 124 al año siguiente. Mientras los polimilis atentaban contra intereses turísticos, en 1980 los milis lanzaron una ofensiva contra altos cargos militares. Las víctimas aumentaban y daba la impresión de que los terroristas tenían acorralado al Estado.
Las personas refugiadas en el bar del Congreso no tuvieron demasiado tiempo para hacer cálculos. Muy pronto se dieron cuenta de que los gritos que estaban escuchando se hacían más audibles. Los asaltantes se acercaban hacia ellos.
-¿Al suelo todos, al suelo!
Veinte guardias civiles armados con metralletas entraron en el bar y comenzaron a tirar sillas y botellas. Eran muy jóvenes y estaban muy nerviosos.
-Quieto-, le dijo a Benegas un guardia mientras le apuntaba con su arma en la cabeza. Desde el suelo, el político socialista veía cómo al golpista le temblaba la mano. Cualquier sobresalto bastaría para que apretara el gatillo.
II. LA RADIO
En el hemiciclo los diputados ya se habían levantado del suelo y se preguntaban por el alcance del golpe. Algunos creyeron en un primer momento que se trataba de un comando de ETA, pero dejaron de creer en ello cuando reconocieron a Tejero. La mayoría pensó en una unidad descontrolada de la Guardia Civil. Era una «unidad descontrolada» de 200 agentes.
-Guimón tiene una radio.
La frase circuló a gran velocidad por los escaños. En pocos minutos todos sabían que el diputado de UCD por Vizcaya Julen Guimón tenía en su poder un pequeño transistor. Durante toda la noche, el aparato fue el único medio que tenían los parlamentarios para saber lo que estaba sucediendo en el exterior. Cada vez que surgía una nueva noticia, Guimón se la comunicaba al oído a uno de sus compañeros, que iba extendiendo la información por todo el hemiciclo. Así supieron que sólo Valencia parecía haberse sumado al golpe y que, según decían, no estaba teniendo éxito.
A medida que pasaban las horas, las noticias y la actitud de los guardias hizo pensar a los diputados que el golpe estaba condenado al fracaso. Gerardo Bujanda, del PNV, fue uno de los primeros en pensarlo.
-Fíjate -le dijo a Monforte-, todos los uniformes son del mismo color. Si ves que llega más gente y se mezclan colores es que han triunfado.
Monforte quedó más tranquilo y recordó que antes de acudir al pleno se había aprovisionado de puros en un estanco. Sacó uno y lo encendió mientras en el estrado un guardia cogía el micrófono y por megafonía comenzaba a recitar la lista de lugares que se habían unido al golpe y los que no lo habían hecho todavía, que eran los más numerosos. Su intervención fue interrumpida con un grito por Tejero, que le ordenó que bajara del estrado y se callara. Estaban nerviosos.
III. LOS PASILLOS DE LAKUA
Un hombre paseaba solo en los pasillos de Lakua. A esas horas, las siete de la tarde, en el interior de la sede del Gobierno Vasco sólo quedaban empleadas de la limpieza y personal de seguridad. El edificio todavía olía a nuevo, no hacía mucho que había sido ocupado por sus inquilinos, los funcionarios y miembros de un Ejecutivo aún en proceso de formación y aprendizaje.
Tras comprobar que todo estaba en orden, Eli Galdos regresó a su despacho para esperar instrucciones. El viceconsejero de Interior era en ese momento el único miembro del Gobierno Vasco que se encontraba en la sede central. Se había quedado ese día para elaborar el primer plan de comunicaciones del departamento y mantener una reunión con su nuevo director de transmisiones y comunicaciones.
La reunión había terminado bruscamente poco después de las 18.30. A esa hora, la secretaria del viceconsejero abrió la puerta del despacho.
-Dicen en la radio que en el Congreso ha habido tiros.
-No me cuentes películas, te habrás confundido-, respondió Galdos.
La secretaria se fue, pero regresó poco después con un transistor en la mano. Había sintonizado la Ser, que en ese momento estaba retransmitiendo en directo lo que ocurría en Madrid.
«De modo que es cierto», pensó el viceconsejero no muy sorprendido. Desde hacía meses, los rumores sobre un inminente golpe de estado eran insistentes y habían crecido tras la decisión de Adolfo Suárez de dimitir como presidente. Había habido un precedente, la operación Galaxia, que se comenzó a gestar 1978 con el objetivo de crear un gabinete de salvación nacional. El golpe se abortó con la detención de Antonio Tejero y el capitán de la Policía Armada Sáenz de Ynestrillas, que fueron acusados de rebelión y confinados en Alcalá de Henares hasta diciembre de 1979. Pero el ruido de sables no se había silenciado.
Galdos le ordenó al nuevo director de comunicaciones que se marchara a su casa y descolgó el teléfono para llamar al consejero de Interior, que ese día había viajado a Bilbao. Luis María Retolaza le pidió que se quedara en Lakua y esperara instrucciones del partido, que ya había comenzado a organizarlo todo. Le dijo también que él mismo llamaría a Ajuria Enea.
IV. LOS TELÉFONOS
En la sede de Lehendakaritza, Carlos Garaikoetxea pasaba una mala tarde. La gripe le había obligado a permanecer todo el día en la cama y estaba solo en la residencia oficial. Fue uno de sus colaboradores el que se lo dijo.
-Lehendakari, ha habido un golpe de estado en Madrid, hay que coger todos los papeles que puedan ser comprometedores y guardarlos en un lugar seguro, tenemos que buscar un teléfono que no esté controlado.
En Lehendakaritza estaban seguros de que los servicios secretos españoles tenían 'pinchados' los teléfonos de Ajuria Enea, por eso Garaikoetxea y sus colaboradores abandonaron el edificio y se dirigieron a otro lugar desde donde poder hacer llamadas. Esta decisión, que dejó vacío durante varias horas el centro simbólico de poder en Euskadi, le valdría en el futuro duras críticas al lehendakari, a quien acusaron de haber corrido a esconderse.
En los primeros momentos, Garaikoetxea no conocía el alcance del golpe ni quiénes eran los implicados. Lo primero que hizo al llegar a un lugar considerado seguro fue llamar al delegado del Gobierno en Euskadi, Marcelino Oreja, pero nadie le contestó. Telefoneó después a la Casa Real para hablar con el Rey, pero su ayudante le pidió que esperara y que antes de dar cualquier paso aguardara a que el Monarca hiciera una declaración al país.
El teléfono no descansaba. El lehendakari llamó al general Polanco, responsable de la Sexta Región Militar, en la que se hallaba integrada el País Vasco; necesitaba saber de qué lado estaban las tropas en Euskadi. Algo en la conversación con el militar tranquilizó a Garaikoetxea, y no fue su compromiso formal de lealtad al régimen constitucional, sino el comentario que hizo sobre sus numerosos hijos.
-Estos se han creído que mañana no van a ir al colegio, pues están apañados-, resumió el general.
V. LA CENTRAL
En el entorno de la izquierda abertzale circulaba un libro sobre golpes de estado. Hoy sería un manual de autoayuda para hacer frente a situaciones límite, pero hace 25 años era un texto para revolucionarios. Según el libro, para derribar por las armas al Gobierno de la República Federal alemana eran necesarios 150.000 hombres, cantidad que se reducía a 4.000 en Portugal y ascendía a 40.000 en España.
Javier Olaberri era parlamentario vasco de Euskadiko Ezkerra y aquella tarde, en la sede central de Iberduero, en la Alameda de Recalde de Bilbao, tuvo todo el tiempo del mundo para recordar cada una de las frases del libro. El día 29 de enero, ETA militar había secuestrado al ingeniero José María Ryan, que participaba en las obras de construcción de la central nuclear de Lemóniz. Su cadáver apareció el 6 de febrero en Zaratamo, un día después de que miles de personas se manifestaran en el