Lunes, 20 de febrero de 2006
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POLÍTICA
Politica
La noche de los sables
El intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981 estuvo a punto de cambiar la vida de millones de ciudadanos que durante largas horas temieron otra dictadura
Éste es un reportaje sobre la larga noche que comenzó a las 18.20 horas del 23 de febrero de 1981, cuando 200 guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero entraron a tiros en el Congreso de los Diputados, y terminó a las 12.50 horas del día siguiente, cuando la Junta de Jefes del Estado Mayor dio por fracasado el intento de golpe de estado. El texto ha sido elaborado con los testimonios de personas que hace 25 años vivieron desde diferentes lugares aquellas horas de sables. Carlos Garaikoetxea era entonces lehendakari; José María Benegas había dejado su escaño como diputado socialista para presentarse como candidato a la presidencia vasca; Javier Olaberri era parlamentario de Euskadiko Ezkerra; Andoni Monforte, diputado del PNV, y Eli Galdos, viceconsejero de Interior.
I. El primer disparo
Un diputado acababa de recordar la fama de gafe que desde hacía años acompañaba a Leopoldo Calvo Sotelo. Pocos minutos después, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero interrumpía a tiros la votación en la sesión de investidura del futuro presidente. Andoni Monforte, del PNV, estaba preparándose para acercarse a la urna cuando se escucharon las ráfagas de metralleta. Desde el suelo, pensó en que no podía ser cierto que Calvo Sotelo tuviera tanta mala suerte.
Los disparos en el interior del hemiciclo no habían sido los primeros. José María Benegas se hallaba frente a la puerta giratoria charlando con el periodista José Luis Torres Murillo cuando a su lado pasó corriendo el teniente coronel Antonio Tejero seguido de guardias civiles. Antes de entrar a enfrentarse con los diputados para gritar «Todo el mundo al suelo», Tejero alzó un brazo y disparó al techo del pasillo.
Benegas no era diputado en ese momento. Había renunciado a serlo en marzo de 1980 para poder presentarse en el País Vasco como candidato a lehendakari. Aquel 23 de febrero había acudido a la sesión de investidura como invitado y en el momento de la votación se dirigió hacia el bar. Fue allí donde entró precipitadamente tras cruzarse con los guardias civiles y oír el primer grito que dio Tejero con su pistola.
En compañía de periodistas y escoltas armados, el político socialista escuchó los disparos que llegaban desde el hemiciclo. En ese momento ninguno de ellos sabía hacia dónde apuntaban las armas. Nadie sabía nada, si disparaban al aire o a los cuerpos de los diputados, y nadie sabía quiénes eran aquellos hombres que habían irrumpido en el Congreso.
Alguien aventuró que se trataba de un comando de ETA disfrazado con uniformes de la Guardia Civil. La hipótesis no era cierta, pero tampoco descabellada en la España de principios de 1981, sumida en una implacable ofensiva de violencia. En 1979, la organización terrorista, dividida entonces en las ramas militar y político-militar, asesinó a 118 personas, cifra que ascendió a 124 al año siguiente. Mientras los polimilis atentaban contra intereses turísticos, en 1980 los milis lanzaron una ofensiva contra altos cargos militares. Las víctimas aumentaban y daba la impresión de que los terroristas tenían acorralado al Estado.
Las personas refugiadas en el bar del Congreso no tuvieron demasiado tiempo para hacer cálculos. Muy pronto se dieron cuenta de que los gritos que estaban escuchando se hacían más audibles. Los asaltantes se acercaban hacia ellos.
–¡Al suelo todos, al suelo!
Veinte guardias civiles armados con metralletas entraron en el bar y comenzaron a tirar sillas y botellas. Eran muy jóvenes y estaban muy nerviosos.
–Quieto–, le dijo a Benegas un guardia mientras le apuntaba con su arma en la cabeza. Desde el suelo, el político socialista veía cómo al golpista le temblaba la mano. Cualquier sobresalto bastaría para que apretara el gatillo.
II. La radio
En el hemiciclo los diputados ya se habían levantado del suelo y se preguntaban por el alcance del golpe. Algunos creyeron en un primer momento que se trataba de un comando de ETA, pero dejaron de creer en ello cuando reconocieron a Tejero. La mayoría pensó en una unidad descontrolada de la Guardia Civil. Era una «unidad descontrolada» de 200 agentes.
–Guimón tiene una radio.
La frase circuló a gran velocidad por los escaños. En pocos minutos todos sabían que el diputado de UCD por Vizcaya Julen Guimón tenía en su poder un pequeño transistor. Durante toda la noche, el aparato fue el único medio que tenían los parlamentarios para saber lo que estaba sucediendo en el exterior. Cada vez que surgía una nueva noticia, Guimón se la comunicaba al oído a uno de sus compañeros, que iba extendiendo la información por todo el hemiciclo. Así supieron que sólo Valencia parecía haberse sumado al golpe y que, según decían, no estaba teniendo éxito.
A medida que pasaban las horas, las noticias y la actitud de los guardias hizo pensar a los diputados que el golpe estaba condenado al fracaso. Gerardo Bujanda, del PNV, fue uno de los primeros en pensarlo.
–Fíjate –le dijo a Monforte–, todos los uniformes son del mismo color. Si ves que llega más gente y se mezclan colores es que han triunfado.
Monforte quedó más tranquilo y recordó que antes de acudir al pleno se había aprovisionado de puros en un estanco. Sacó uno y lo encendió mientras en el estrado un guardia cogía el micrófono y por megafonía comenzaba a recitar la lista de lugares que se habían unido al golpe y los que no lo habían hecho todavía, que eran los más numerosos. Su intervención fue interrumpida con un grito por Tejero, que le ordenó que bajara del estrado y se callara. Estaban nerviosos.
III. Los pasillos de Lakua
Un hombre paseaba solo en los pasillos de Lakua. A esas horas, las siete de la tarde, en el interior de la sede del Gobierno Vasco sólo quedaban empleadas de la limpieza y personal de seguridad. El edificio todavía olía a nuevo, no hacía mucho que había sido ocupado por sus inquilinos, los funcionarios y miembros de un Ejecutivo aún en proceso de formación y aprendizaje.
Tras comprobar que todo estaba en orden, Eli Galdos regresó a su despacho para esperar instrucciones. El viceconsejero de Interior era en ese momento el único miembro del Gobierno Vasco que se encontraba en la sede central. Se había quedado ese día para elaborar el primer plan de comunicaciones del departamento y mantener una reunión con su nuevo director de transmisiones y comunicaciones.
La reunión había terminado bruscamente poco después de las 18.30. A esa hora, la secretaria del viceconsejero abrió la puerta del despacho.
–Dicen en la radio que en el Congreso ha habido tiros.
–No me cuentes películas, te habrás confundido–, respondió Galdos.
La secretaria se fue, pero regresó poco después con un transistor en la mano. Había sintonizado la Ser, que en ese momento estaba retransmitiendo en directo lo que ocurría en Madrid.
«De modo que es cierto», pensó el viceconsejero no muy sorprendido. Desde hacía meses, los rumores sobre un inminente golpe de estado eran insistentes y habían crecido tras la decisión de Adolfo Suárez de dimitir como presidente. Había habido un precedente, la operación Galaxia, que se comenzó a gestar 1978 con el objetivo de crear un gabinete de salvación nacional. El golpe se abortó con la detención de Antonio Tejero y el capitán de la Policía Armada Sáenz de Ynestrillas, que fueron acusados de rebelión y confinados en Alcalá de Henares hasta diciembre de 1979. Pero el ruido de sables no se había silenciado.
Galdos le ordenó al nuevo director de comunicaciones que se marchara a su casa y descolgó el teléfono para llamar al consejero de Interior, que ese día había viajado a Bilbao. Luis María Retolaza le pidió que se quedara en Lakua y esperara instrucciones del partido, que ya había comenzado a organizarlo todo. Le dijo también que él mismo llamaría a Ajuria Enea.
IV. Los teléfonos
En la sede de Lehendakaritza, Carlos Garaikoetxea pasaba una mala tarde. La gripe le había obligado a permanecer todo el día en la cama y estaba solo en la residencia oficial. Fue uno de sus colaboradores el que se lo dijo.
–Lehendakari, ha habido un golpe de estado en Madrid, hay que coger todos los papeles que puedan ser comprometedores y guardarlos en un lugar seguro, tenemos que buscar un teléfono que no esté controlado.
En Lehendakaritza estaban seguros de que los servicios secretos españoles tenían ‘pinchados’ los teléfonos de Ajuria Enea, por eso Garaikoetxea y sus colaboradores abandonaron el edificio y se dirigieron a otro lugar desde donde poder hacer llamadas. Esta decisión, que dejó vacío durante varias horas el centro simbólico de poder en Euskadi, le valdría en el futuro duras críticas al lehendakari, a quien acusaron de haber corrido a esconderse.
En los primeros momentos, Garaikoetxea no conocía el alcance del golpe ni quiénes eran los implicados. Lo primero que hizo al llegar a un lugar considerado seguro fue llamar al delegado del Gobierno en Euskadi, Marcelino Oreja, pero nadie le contestó. Telefoneó después a la Casa Real para hablar con el Rey, pero su ayudante le pidió que esperara y que antes de dar cualquier paso aguardara a que el Monarca hiciera una declaración al país.
El teléfono no descansaba. El lehendakari llamó al general Polanco, responsable de la Sexta Región Militar, en la que se hallaba integrada el País Vasco; necesitaba saber de qué lado estaban las tropas en Euskadi. Algo en la conversación con el militar tranquilizó a Garaikoetxea, y no fue su compromiso formal de lealtad al régimen constitucional, sino el comentario que hizo sobre sus numerosos hijos.
–Estos se han creído que mañana no van a ir al colegio, pues están apañados–, resumió el general.

V. La central
En el entorno de la izquierda abertzale circulaba un libro sobre golpes de estado. Hoy sería un manual de autoayuda para hacer frente a situaciones límite, pero hace 25 años era un texto para revolucionarios. Según el libro, para derribar por las armas al Gobierno de la República Federal alemana eran necesarios 150.000 hombres, cantidad que se reducía a 4.000 en Portugal y ascendía a 40.000 en España.
Javier Olaberri era parlamentario vasco de Euskadiko Ezkerra y aquella tarde, en la sede central de Iberduero, en la Alameda de Recalde de Bilbao, tuvo todo el tiempo del mundo para recordar cada una de las frases del libro. El día 29 de enero, ETA militar había secuestrado al ingeniero José María Ryan, que participaba en las obras de construcción de la central nuclear de Lemóniz. Su cadáver apareció el 6 de febrero en Zaratamo, un día después de que miles de personas se manifestaran en el


País Vasco para exigir la liberación del secuestrado.

A Olaberri le había citado el nuevo presidente de Iberduero, Manuel Gómez de Pablos, quien quería comunicarle su decisión de abandonar la construcción de la central nuclear. Cuando el parlamentario vasco entró en la sede de la compañía eléctrica supo que ocurría algo. Varios guardaespaldas le acompañaron desde la puerta de entrada y no le abandonaron hasta que llegó a un despacho.

-Parece que ETA ha lanzado un ataque contra el Congreso. ¿Sabes algo de eso?-, le preguntó Gómez de Pablos antes de saludar.

-¿Sabe algo de un golpe de estado?-, replicó Olaberri.

-No tengo ni idea.

El dirigente de EE había leído el libro sobre los golpes de estado y recordaba que en esas situaciones una de las cosas que primero hacían los golpistas era controlar la energía eléctrica. Así pues, estaba en el lugar preciso. Si la aventura de Tejero era secundada por los militares, él sería una de las primeras personas en saberlo.

Gómez de Pablos y Olaberri comenzaron a hablar de la central de Lemóniz y de los planes de Iberduero. De vez en cuando, entraba en el despacho un secretario y pasaba al presidente notas que él leía sin decir nada.

-Si le dicen que el Ejército ha controlado las centrales avíseme, porque entonces me tendré que escapar-, pidió el parlamentario.


VI. El gas

José María Benegas estaba en el Ministerio de Interior, donde se había formado un gobierno provisional dirigido por el director de la Seguridad del Estado, Francisco Laína, e integrado por secretarios y subsecretarios de Estado. No había rangos más altos, todos estaban secuestrados en el Congreso. El político vasco participaba en las reuniones que mantenía Laína con los generales Aramburu Topete y Sáenz de Santamaría, máximos responsables de la Guardia Civil y la Policía Armada. Lo que oía no le gustaba nada.

Había conseguido salir del Congreso gracias a una mezcla de suerte y de picaresca. Los guardias que habían entrado en el bar de la Cámara desarmaron a los escoltas y los llevaron a otro lugar. Después, ordenaron a los periodistas que se pusieran en fila para salir a la calle. Benegas se colocó en la hilera tratando de pasar desapercibido y lo logró, al menos en un primer momento. Cuando ya veía el exterior a través de la puerta giratoria, un guardia le reconoció.

-Tú, para dentro-, le ordenó.

-Es que me han echado sus compañeros-, mintió Benegas.

Aquella mentira le permitió salir a la calle y echar a correr en busca de una cabina telefónica. Algunos diputados del partido habían memorizado un número al que poder llamar en caso de emergencia, y ése era un caso clarísimo. El número era el de la casa de la entonces responsable de Relaciones Internacionales del PSOE, Elena Flor. Tras anunciar que había salido del Congreso, Benegas se dirigió a la vivienda, donde le esperaba Pasqual Maragall. Los dos fueron después al Ministerio del Interior.

-Si no liberamos pronto el Congreso no vamos a poder liderar la situación-. Laína era en ese momento el jefe del Gobierno y exigía soluciones a Aramburu Topete y Sáenz de Santamaría.

-Si es necesario entraremos a saco, id los dos al Palace para organizar el asalto-, añadió.

A Benegas la idea le pareció un gravísimo error. Cualquier intervención armada en el Congreso costaría sin duda vidas y la situación podría descontrolarse por completo. Pero no consiguió convencer a Laína. Con poco entusiasmo, los dos generales se dirigieron al hotel y desde allí, a poca distancia de la Cámara, empezaron a analizar posibilidades.

Cuando regresaron dijeron que un asalto era imposible, las puertas estaban vigiladas y tratar de entrar en el edificio era un suicidio.

-Entonces podemos gasear el interior,- propuso Laína ante un espantado Benegas, que oyó cómo se debatía utilizar un gas fabricado con adormidera para dormir a todos los ocupantes del Congreso. Los dos generales regresaron al Palace y volvieron con un informe negativo. No se podía utilizar gas.


VII. Pistolas y carabinas

El teléfono sonó a las 20.30 en Lakua. Media hora antes, los tanques de la Brunete habían salido a la calle en Valencia, parecía que el golpe se extendía.

-Eli, coge a varios 'berrocis' por si acaso y vete a Ajuria Enea-, ordenó Retolaza desde Bilbao.

Cuando llegó a la sede de Lehendakaritza, Garaikoetxea aún no había regresado. Galdos recibió la llamada de un mando de la Sexta Región Militar.

-Hay que estar tranquilos, creo que el golpe no va a prosperar.

-¿Tienen todo controlado?-, preguntó Galdos.

-Todo controlado menos Zaragoza, donde aún puede pasar algo.

-¿Y la Guardia Civil está bajo control?

-Sobre todo la Guardia Civil-, aseguró el militar.

El viceconsejero temía que grupos de guardias o de la extrema derecha asaltaran Ajuria Enea. En aquella época, en la que la Ertzaintza aún estaba creándose, Galdos sólo contaba con un puñado de 'berrocis' mal armados con pistolas y carabinas para hacerse fuertes en el edificio. Su consigna era defenderse a tiros si llegaba la extrema derecha y rendirse si aparecía el Ejército.

Garaikoetxea también recibió una llamada. Fue a las 00.30, después de que el lehendakari interviniera en una entrevista en Radio Popular en la que lanzó un mensaje tranquilizador. El lehendakari descolgó el teléfono y escuchó la voz del Rey.

-Uff, vaya lío, parece que ya ha acabado todo-, dijo el monarca. Fue entonces cuando Garaikoetxea tuvo la seguridad de que el golpe había fracasado.

A la 01.14 horas, don Juan Carlos se dirigió a todo el país por radio y televisión y desautorizó a los golpistas.


VIII. El fin

El guardia civil se les acercó con un bocadillo en la mano y les preguntó:

-¿Gustan ustedes?

-No, gracias, porque luego igual lo tenemos que devolver-, respondió el diputado socialista Demetrio Madrid.

La respuesta no gustó al guardia, que se volvió amenazante hacia los diputados.

-Si pasa algo ya sé quiénes serán los primeros. Usted, usted y usted-, advirtió mientras señalaba con el dedo a varios parlamentarios, entre ellos los del PNV.

Sabían que estaban en un grupo de riesgo; si ocurría algo, los primeros en sufrirlo serían comunistas y nacionalistas. Justo por ese orden.

Y creían que el primero en dar un paso sería el único civil que había entrado con los golpistas. Era un hombre que fumaba puritos finos y decía continuamente:

-Cuidado, mirad cómo me tiembla el gatillo.

Pero allí no sucedía nada y muchos diputados comenzaron a pasar las horas jugando a los chinos, a la espera de recibir nuevas noticias del transistor de Guimón. Ya sabían que el Rey había lanzado un mensaje tranquilizador y veían cómo poco a poco la disciplina de los guardias que habían asaltado el Congreso se resquebrajaba. Muchos hacían constantes viajes a los dos bares del Congreso, que quedaron vacíos de bebidas a lo largo de la noche.

-No sé cómo vamos a salir de aquí, con este tío que está medio loco-, confesó a un diputado un agente sin dejar de mirar a Tejero.

Todo había acabado. Once guardias encontraron la manera de abandonar el edificio a las 9.45. Lo hicieron saltando por la ventana de la sala de prensa, en la planta baja. Poco después, otros cincuenta siguieron el mismo camino y se entregaron.

Hacia las 12.00 horas, los diputados recibieron la última orden. Debían prepararse para salir. Lo hicieron poco a poco y para ello tuvieron que pasar en medio de un pasillo formado por los guardias que se habían quedado en el edificio.

Andoni Monforte corrió al hotel Palace. Lo primero que hizo fue telefonear a su familia. Su esposa le explicó que, cuando le dijeron que había un golpe de estado, llevó a casa a sus dos hijos, de 6 y 8 años, y los metió en la cama sin dejarles ver la televisión para que no supieran nada del peligro que corría su padre. Los hijos de Monforte durmieron plácidamente aquella noche de sables y sólo mucho después vieron las imágenes del asalto. Han pasado 25 años, para la generación que durmió tranquila, el intento de golpe de estado es la imagen de un hombre con bigote disparando al techo. Poco más.



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