Lunes, 20 de febrero de 2006
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OPINIÓN
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La ira que amenaza
«Sirva todo esto para destacar que el ámbito global es terreno poco propicio para una visión unificadora de personas y acontecimientos»
La ficción y el humor tienen sus propias reglas internas que se manifiestan al mismo tiempo como límites. Y éstos no han de verse como mutilaciones o recortes, sino más bien como marcaciones que delimitan un perímetro de libertad sin daño para terceros. Para el humor, esas reglas y esos límites están representados desde antiguo en el animus ridendi, que excluye, por principio, la intención de zaherir. Para la ficción, las reglas vienen impuestas por su carácter de invención o fábula, indicador de la distancia que guarda respecto a la realidad.

Cierto es también que la misma existencia de estas reglas aconseja que, quienes en un momento dado son objeto de las puyas del humor o de los dardos de la ficción, no se tomen el humor en serio ni interpreten la ficción como ofensa o como calumnia.Cuando se actúa en ámbitos sociales restringidos y entre personas que comparten principios básicos en lo social, en lo jurídico, en lo moral, la cuestión de las reglas y de los límites parece relativamente clara. Esto hace que la buena educación baste y sobre, por lo regular, para que no se rompa en mil pedazos la pacífica convivencia y pueda continuar manifestándose en el trato cotidiano la predisposición amistosa -o al menos no agresiva- que, se supone, cada uno tiene en relación a sus semejantes. Así considerados, el humor y la ficción constituyen una nota más de la vida en sociedad y los abusos no pasan de ser incidentes en su versión más benigna.

El problema surge cuando el humor y la ficción se difunden por medios extraordinarios y con tanto ahínco que hacen sospechar que se pretende modelar la opinión en contra de alguien o de algo. «Soy un fundamentalista del laicismo. Siento tolerancia cero hacia los creyentes», dijo hace poco Leo Bassi refiriéndose a los católicos. En estas circunstancias, se despoja de su máscara el humor para quedar desnudo el escarnio y se quita su pasamontañas la ficción para descubrir el libelo calumnioso o la mentira malintencionada. Este Bassi que no traga a los creyentes, ¿no es el mismo que comió excrementos animales en Crónicas marcianas?

Ocurre, además, que el humor y la ficción pueden difundirse hoy, sin limitación de zonas culturales y humanas, en un ámbito que merece con toda propiedad el calificativo de global. Y que conste que llamo global a este ámbito, absteniéndome de decirle mundial o calificarlo de universal, porque lo universal implica siempre una cierta unidad y concordancia en la diversidad, mientras que lo global lleva consigo la idea de disparidad revuelta o si queréis, de totum revolutum en el cual no es posible discernir -aunque las haya-, afinidad alguna entre las partes. Y tampoco digo mundial, porque todo lo referente al mundo sugiere cierta noción de orden y concierto intrínseco que lo global no tiene. Por algo, y pese a los cambios en gustos y valores, se continúa llamando inmundicia al producto informe de la digestión intestinal donde es imposible discernir los componentes; igual que inmundo es lo que resulta maculado por esa inmundicia.

Sirva todo esto para destacar que el ámbito global es -hoy por hoy, aunque ojalá dejara de serlo en lo futuro-, terreno poco propicio para una visión unificadora o convergente de las personas, de los acontecimientos y de las cosas. Y en consecuencia, mal pueden el humor o la ficción ser recibidos de la misma manera en un ambiente que en otro.

Está claro que en Occidente los ataques al cristianismo obtienen por respuesta desmentidos o declaraciones de los cristianos. Pasó sí con la última performance del citado Bassi. Igualmente, la ficción contenida en la novelaEl código da Vinci, ofensiva para el cristianismo y calumniosa para el Opus Dei, ha provocado como respuesta unas declaraciones nada reactivas de Marc Carroggio, portavoz de la prelatura afectada, poniendo los puntos sobre las íes, destacando su propósito de convertir el limón en limonada -una forma de poner la otra mejilla-, y señalando, no sin humor, cómo la singular ofensiva publicitaria en torno a la mediocre novela y futura película, está produciendo, por efecto rebote, un creciente interés de la gente por consultar la página web de aquella organización y dando a sus miembros mayores oportunidades de hablar de Cristo.

En el ámbito global cabe de todo, efectivamente. Mas no en todos los casos se trata de actitudes imprevisibles. Refiriéndonos a España, donde habría que destacar la indiferencia general ante el trato irreverente o blasfemo de materias y símbolos cristianos, a mi juicio -que quiero exponer con toda modestia-, es fácil explicar el fenómeno actual, al tratarse de un país mayoritariamente increyente y donde hace casi 76 años se diera la persecución religiosa más sangrienta de la historia, salvo la desencadenada en Rusia bajo el dominio de los bolcheviques. Es también muy fácil de explicar la violenta reacción de los musulmanes de todo el mundo ante las caricaturas irreverentes -yo las he visto-, aparecidas en un país tan alejado del mundo árabe, tan inofensivo y, a decir verdad, tan anodino dentro del concierto europeo, como es el Reino de Dinamarca.

Con todo, y pese a la envalentonada marea laicista, sería un signo de sensatez que los publicistas y editores occidentales, henchidos ahora de suficiencia, tuviesen muy en cuenta que el derecho a la libertad de expresión de las ideas no implicaba, en su versión primera y humanística, allá por el siglo XVIII, -y una vez pasado, claro está, el período de la guillotina, esa máquina para cortar cabezas- el derecho de ofender la posición religiosa de nadie.

Lo anterior vale para cualquier religión. No obstante, hay que advertir que es muy posible que los abanderados de la burla y de la ofensa contra todo credo encontrarán cada vez más obstáculos en su tarea, tratándose de una Europa que, no sólo se islamiza demográficamente a pasos acelerados, sino que asiste a la aparición de nuevas formas de religiosidad inclasificables y regresivas, frente a las cuales la vigencia del cristianismo suponía un muro de contención racional.

La convivencia exige que haya paz entre los hombres y las naciones. A su vez, para que la paz fluya límpida y sin resentimientos, es necesario un clima general de respeto. Según y cómo, las caricaturas, las ficciones y las chanzas públicas constituyen verdaderas provocaciones que, además de injustas puede que sean imprudentes si no se han calculado bien los componentes reales del paralelogramo de fuerzas.

Por otra parte, las ofensas efectuadas por una persona concreta, por un medio de comunicación o por una cadena de ellos, no pueden imputarse sin más a las instituciones públicas y mucho menos a colectividades caprichosamente delimitadas como los «blancos», los «europeos», los «cristianos» y hasta los «sionistas», como se ha llegado a decir en esta ocasión.

No parece necesario aclarar que las ofensas, las calumnias, los insultos, pueden ser perseguidos de acuerdo a las leyes de los diversos países occidentales. Esta posibilidad legal desautoriza totalmente las reacciones callejeras violentas, destructoras y odiosas a que han sido azuzadas las multitudes que protestan contra la publicación de las caricaturas danesas.

Y no digo lo de azuzadas a humo de pajas, sino a humo de incendios de la demagogia que se ceba en multitudes ignorantes. Porque, dejando a un lado la defensa frente a lo que se ha interpretado como una burla, lo cierto es que no es verdad que la representación de Mahoma, de seres humanos o de animales esté prohibida en el Islam tan radicalmente como dicen pretendidos expertos. Los aficionados a los libros conocemos la belleza de las miniaturas persas y otomanas que abundan en esas representaciones. El Museo Británico custodia un manuscrito del Jamseh que representa a Mahoma montando su corcel Buraq mientras sobrevuela la Meca. Otras muestras importantísimas de la representación humana y sagrada en el mundo islámico están en la Arthur M. Shakler Galery, del Smithsonian Institute, en Washington. Un facsímil del Libro de la Felicidad, que el sultán Murat III obsequió a su hija Fátima, editado recientemente por Moleiro en España, exhibe exquisitas miniaturas humanas, animales y celestes. Incluso en el Patio de los Leones de la Alhambra nazarí, se conserva, esculpida en piedra, una prueba palpable de que la mentada prohibición no es tan absoluta como dicen los fanáticos.

Los alardes de fuerza callejera suscitados por éstos hacen más visible, si cabe, el enorme descalco que existe, pese a todos los bemoles que se quieran encontrar, entre la libertad religiosa de la Unión Europea y la realidad cotidiana de los países árabes, con el cúmulo de restricciones y prohibiciones que sufren en éstos las religiones distintas del Islam, especialmente el judaísmo y el cristianismo. No ya sólo en los países regidos por el fundamentalismo islamista -en este momento solo el Irán está en esa situación-, sino en Arabia Saudita, Bahrein, Marruecos y demás, regidos por tradiciones islámicas de toda la vida.

Al condenar tan bárbaramente las caricaturas publicadas en el Jyllands Posten ¿no se aspira acaso que una pretendida norma de las fracciones más fanáticas del Islam sea obedecida incluso por los que no son musulmanes? ¿Pero si ni siquiera los ayatollahs de Irán han demolido los vestigios de las antiguas civilizaciones! Y tampoco lo ha hecho Egipto que prácticamente vive del legado de los faraones. ¿Sólo en el Afganistán de los Mujaidines logró imponerse la barbarie iconoclasta!

Ante un problema como éste podremos decir frívolamente aquello, al parecer tan divertido de «menos lobos, caperucita». Pero esto no quita que la realidad nos invite a hacer el balance de estos procesos sociales y culturales y reflexionar sobre ellos en la medida de lo posible, mientras nos quede tiempo ante la ira que amenaza.



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