Lunes, 20 de febrero de 2006
 Webmail    Alertas   Boletines     Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES

OPINIÓN
Articulos
Una renuncia trascendente
«Es tristemente lógico que los sectores más conservadores de la Iglesia no hayan recibido con agrado la noticia de que el superior general de los jesuitas piensa renunciar a su cargo en 2008»
Anunciar que el superior general de los jesuitas, padre Kolvenbach, dimitirá de su cargo -al cumplir ochenta años- en los primeros días de enero de 2008 y desatarse toda una riada de comentarios, frívolos los unos, malintencionados los más, ha sido un visto y no visto. Parece como si algunos comentaristas de la actualidad estuvieran esperando una noticia de gran calado sobre la Compañía de Jesús para meterse de lleno con esta institución que este año, precisamente, celebra el quinto centenario de su existencia. O puede ser, ay, que esta impúdica exhibición de los trapos sucios de la Compañía de Jesús en la actualidad persiga distraer la atención de lo que hay de más enjundioso y verdaderamente importante en la decisión tomada por este jesuita holandés que desde 1983 ha estado al timón de los casi 20.000 jesuitas de todo el mundo. Porque la nueva avanzada desde la Casa Generalicia de los jesuitas el pasado 2 de febrero encierra un contenido que va más allá de los espacios -por grandes que éstos sean- de la Compañía.

El anuncio de una próxima dimisión del prepósito general de los jesuitas es todo un hecho de historia. Nunca antes de ahora -si se exceptúa el caso del bilbaíno padre Arrupe y por las razones, bastantes turbias, que se saben- la Iglesia había asistido en los últimos quinientos años a un acontecimiento semejante: el 'papa negro' dejaba su puesto de mando y se perdía en la oscuridad de un jesuita de a pie. Y se dice la Iglesia y no sólo la Compañía de Jesús porque la decisión de Kolvenbach abre el camino a que también el 'papa blanco', o el Papa sin más tintes, pueda decir adiós a sus responsabilidades de cabeza visible de la Iglesia antes de que la muerte le arrebate de este mundo. Que Benedicto XVI haya dado su visto bueno a la decisión del superior general de los jesuitas tiene que ser valorado como un triunfo personal del actual Pontífice sobre la persistente resistencia de la Curia Romana a poner en solfa la pretendida naturaleza vitalicia del mandato papal. A los más altos exponentes de la mentada Curia o gobierno central de la Iglesia les ha venido causando verdadero pavor, desde el fin del ConcilioVaticano II en 1965, la sola idea de que a un Papa se le ocurriera renunciar libre y voluntariamente a seguir ocupando el solio pontificio. Y para mejor defender su inmovilismo nada podía serles de mayor respaldo que el carácter vitalicio de la suprema autoridad del general de los jesuitas. Mientras el 'papa negro' -venían a decirse- ennobleciera su mandato con esta cualidad, ¿a qué pensar en una posible dimisión del 'papa blanco'!

Los reiterados intentos del citado padre Arrupe, primero, y del mismo padre Kolvenbach, a continuación, de renunciar a la condición vitalicia de su superiorato se dieron siempre de bruces con el 'non expedit' de la Santa Sede. Nada extraño. ¿No se topó con ese mismo 'no conviene' nada menos que el Papa Pablo VI? Todos los católicos de la época conciliar recuerdan que este pontífice, inteligente y realista, había peregrinado desde Roma a la tumba del Papa Celestino V, en Orvieto. La insólita peregrinación para venerar a un pontífice de finales del siglo XIII y del que nadie en el pueblo de Dios se acordaba lo más mínimo o poco más, tenía lugar en la fecha misma en que el Papa Montini, saltando por encima de una tradición secular, imponía a todos los obispos la obligación de renunciar a sus puestos de pastores de una diócesis al alcanzar la edad de 75 años. Por un exceso de escrúpulo, Pablo VI no tuvo el valor de imponerse a sí mismo esta obligación y de imponerla a cuantos le sucedieran como obispos de Roma y pontífices de toda la Iglesia; pero con su peregrinación a la tumba de san Celestino, papa del que se tiene la certeza histórica de que renunció a su supremo puesto de mando en la Iglesia a sólo cuatro meses de haber sido promovido al Solio Pontificio, quiso dejar bien claro que también él, llegado un tiempo oportuno, pondría término a su ministerio pastoral.

Este modo de actuar a base de gestos o signos cargados de gran significado era muy característico de la personalidad de Pablo VI. Ante la novedad de aquella peregrinación, cualquiera pudo entender que el Papa estaba diciendo al mundo -o, al menos, a la Iglesia- que en sus planes entraba dimitir de su cargo pontificio cuando lo considerase oportuno. No pudo cumplir su propósito. Las grandes figuras de la Curia le presionaron para que no diera ese paso; y Pablo VI, de espíritu dubitativo -de Hamlet del Vaticano le calificó en su día Juan XXIII- no osó romper con una tradición secular del Pontificado Romano.

Con el largo mandato de su sucesor, Juan Pablo II, y sobre todo con las patéticas imágenes de sus últimos años, se fue creando en la Iglesia un clima bastante generalizado de que no era ni justo ni conveniente que los papas extremaran su servicio a la Iglesia hasta la extenuación. «Que le retiren, pobrecito», «que le dejen morir tranquilo» eran expresiones que un día sí y otro también subían a los labios de muchas personas piadosas a la vista del deterioro físico que mostraba el Papa en las pantallas de televisión.

Benedicto XVI no ha sido insensible a este clamor del pueblo cristiano. Personalidad de fe y de razón, ha juzgado que la voz del pueblo creyente en nada milita contra el Evangelio y que, por el contrario, se ajusta ceñidamente a una opción del sentido común. El victimismo a ultranza que con tanta pasión han elogiado y defendido los más conservadores en los durísimos tiempos que tuvo que vivir -morir- su predecesor Juan Pablo II; esa extremosa afirmación de que el buen pastor ha de morir con las botas puestas, no le ha parecido de recibo ni a los ojos de Dios ni a la luz de la inteligencia. Si el ministerio pastoral reclama -en el caso de los obispos diocesanos- un determinado nivel de fuerzas físicas y mentales y si por esta elemental razón se les exige a todos ellos sin excepción alguna que se retiren de sus puestos al alcanzar la cima de los 75 años de edad, ¿con cuánta mayor razón habrá que aplicarse este criterio al ministerio del pastor universal de toda la Iglesia!

La admisión por parte del Papa actual de la propuesta del prepósito general de los jesuitas de dejar su puesto en el borgho Santo Spírito -cuartel general de la Compañía de Jesús en Roma- desbroza el camino para que, a continuación, también pueda renunciar el Papa. Se pondría fin con estas renuncias a los dos únicos cargos vitalicios -puro anacronismo- que todavía hoy tienen vigencia en muy importantes puestos de la Iglesia.

Es tristemente lógico que los sectores más conservadores de la Iglesia no hayan recibido con agrado la noticia de que el superior general de los jesuitas, con la anuencia del Papa Benedicto XI, piensa renunciar a su cargo ante la 35 Congregación general de la Compañía de Jesús, convocada para enero de 2008. De sobra saben que la renuncia del Papa -y de los papas, sus sucesores- a su puesto ministerial será norma común en el futuro. No es de su agrado, evidentemente. Tanto han elevado en su imaginación y en su corazón la figura del Papa que no tienen reparo alguno en sacrificar la autenticidad del verdadero 'servicio petrino' al boato mundano y a no se sabe qué especie de sacralidad poco o nada evangélica.

Pero si esta reacción de los conservadores es natural, no lo es tanto que aprovechen la ocasión para arremeter contra el buen nombre de la Compañía de Jesús, contra su superior general actual, padre Kolvenbach, y más aún contra el por ellos tan denostado padre Arrupe. Insisten en que la Compañía de Jesús pierde cada año unos 300 miembros, bien por defunción, bien por defección o renuncia de algunos de ellos. Subrayan que durante el mandato del actual general, la Compañía se ha reducido en unos 7.000 miembros. Destacan que las perspectivas para un futuro inmediato no son nada halagüeñas porque la edad media de los hoy jesuitas ronda los 60 años de edad y -lo que es peor- las vocaciones de jóvenes aspirantes a formar en las filas de Loyola son muy contadas. Con un tanto de prudencia o un mucho de malicia comentan que esta lamentable situación viene de atrás -esto es, de los tiempos del padre Arrupe- y que el declive actual de los jesuitas no es, por eso, atribuible en exclusiva al padre Kolvenbach que ahora se dispone a tirar la toalla.

Estos comentarios tienen mucho de felonía. Podría decirse de otras muchas congregaciones religiosas, de los dominicos, de los franciscanos, de los salesianos, por citar sólo las familias religiosas más nutridas de miembros. A nadie se le oculta que muchos noviciados están prácticamente vacíos, que muchas instituciones religiosas están echando el cierre a no pocas de sus obras apostólicas, sociales y educativas , que el envejecimiento de sus cuadros es un hecho que salta a la vista. ¿Por qué se pone el acento en el actual declive de la Compañía que fundó Ignacio de Loyola hace ya 500 años? Uno, en su ingenuidad, cree que se intenta distraer la atención de la opinión pública de lo que está verdaderamente en juego: que se acaba en la Iglesia -¿y ya era hora!- con los puestos de mando vitalicios.



Vocento
Monitor de tráfico Bidegi Canal Meteo Webcam