Hay quienes tienen tanta fe en aquello de «una mentira repetida muchas veces acaba por convertirse en verdad» que llega a resultar complicado saber cuándo no mienten. En esta Euskadi nuestra tan peculiar, en la que importa más repetir algo para que se convierta en verdadero, que discutir sobre su veracidaz, algunos utilizan una técnica de comunicación basada en la perversión del lenguaje para que sus tesis, posiciones políticas y anhelos inconfesables acaben por ser incluso un estado de ánimo.
Víctor Klemperer, en su libro La lengua del Tercer Reich, refleja de brillantemente cómo el régimen nazi fue poco a poco narcotizando a la sociedad alemana a través de la perversión interesada del lenguaje. Así, describe angustiado Klemperer, la sociedad alemana se conjuró frente a un enemigo degradado por motivos teológicos, económicos, morales y de cualquier otro tipo, hasta el punto de que su enemigo judío fue, sin lugar a discusión posible, excluído ideológicamente de la humanidad e incluso de la legalidad. El régimen nazi se había cuidado muy mucho de asegurarse que en la calle el lenguaje decidiera sin necesidad de pensar. El libro de Klemperer es una terrible descripción de cómo el nacionalsocialismo creó un lenguaje que acabó eficazmente impregnándolo todo.
En Euskadi, sesenta años después, los nacionalistas más radicales utilizan esa eficaz técnica para que, a través del lenguaje, se instaure en nuestra sociedad un pensamiento único que deje fuera de lo políticamente correcto todo aquello que no responda al estrecho coto diseñado por su estrategia. Por ejemplo, es una mentira mayúscula que «con Batasuna se ilegalizan las ideas», como repiten insistentemente muchos dirigentes nacionalistas. Saben perfectamente que Batasuna no está ilegalizada por «pensar» de una determinada manera, sino por ser parte de ETA, pertenecer a su estructura y entramado, y saben también, supongo, que muchos vascos vivimos mejor, que nuestro aire es más limpio, sin tener que soportar la chulería permanente y el acoso diario en nuestros ayuntamientos de los que utilizaban las instituciones para cargarse la democracia.
La manipulación y perversión del lenguaje alcanza todas las esferas de la vida política. Así, si por aquellas cosas de la vida no eres nacionalista y el Plan Ibarretxe, además de un coñazo insoportable, te parece algo que nos separa a los vascos más que nos une, es que «estás en contra de la voluntad de los vascos», por lo tanto, no eres vasco, o no lo eres como «Dios manda»; si crees injusto y cruel que un terrorista salga de la cárcel y monte una cristalería debajo de la casa de la viuda de quien asesinó, «es que no crees en la reinserción» y «no quieres encontrar caminos a la paz», con lo cual, te conviertes por arte de magia en el culpable del «conflicto» y una de las personas más crueles que se pueda encontrar. Si no aceptas que existe un «conflicto» y piensas que el problema es que un grupo de asesinos pretende resolver sus negocios por la vía de los hechos, es decir, poniendo bombas y pegando tiros en la nuca, es que «tu actitud es inmovilista», por lo que pasas a ser el culpable del «conflicto», aunque no hayas pegado un tiro en tu vida ni intención que tengas.
Ejemplos hay muchos, demasiados, pero lo preocupante es que caminamos por un camino semántico que, lejos de ser una mera cuestión cursi, porque mira si son cursis los giros que dan algunos para no llamar a las cosas por su nombre, demuestra una estrategia para crear un estado de opinión y una posición ante las cosas a través de expresiones injustas y manipuladas. Lo dicho, otros lo inventaron en los años 30 para justificar su particular «conflicto alemán».