Domingo, 19 de febrero de 2006
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SAN SEBASTIÁN
SAN SEBASTIAN
La ciudad de las 1.001 placas
¿Se ha fijado, alguna vez, en las decenas de rótulos diferentes que informan del nombre de las calles de San Sebastián? ¿Sí? ¿No? He aquí una muestra ínfima.
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MULTIRRACIAL. Habrá quién piense que hay tantos tipos de rótulos como nombres de calles... y no andará muy descaminado. Hay modelos para todos los gustos: placas de aires andaluces, emblemas del siglo XIX, carteles que evocan el nombre popular que tuvo la calle en el pasado, afiches trilingües, chapas más modestas, recias planchas de piedra... La iconografía callejera de San Sebastián es un canto a la diversidad. SAN SEBASTIÁN. DV. No se puede imaginar una ciudad sin calles, de la misma forma que sería imposible concebir que sus edificios, plazas o avenidas carecieran de nombres y apellidos. De ahí la necesidad que tienen las urbes de aprovisionarse de una legión de rótulos e insignias que identifiquen esas vías y les confieran una personalidad que perdurará durante años e, incluso, siglos. Así ocurre en San Sebastián, así ocurre en casi todas las ciudades del mundo en las que las placas de las calles juegan un papel fundamental tanto en las vidas de los que las habitan como en las que las visitan.

Sobre mármol, sobre piedra arenisca, madera o ladrillo rojo; escondidas tras una farola, camufladas por la suciedad, maltrechas por el paso del tiempo o la hostilidad climatológica; devotas de un santo, un rey o un político; evocadoras de un tiempo pasado, de un gentilhombre o una persona que no volverá... Los emblemas callejeros forman parte indisoluble de la personalidad de una localidad y narran, de forma somera y sutil, la historia de ésta, no sólo por lo que dicen sino por cómo lo dicen.

San Sebastián puede hacer gala de una personalidad dispersa y variada, a juzgar por la diversidad de las placas que pueblan sus calles y edificios. Hemos llegado a cuantificar hasta siete tipos diferentes de emblemas oficiales. Obviamente, en esta cifra no hemos incluido las decenas de placas singulares que pululan por la ciudad, aquellas de las que damos fe unas líneas más abajo. En cuestión de identificación de calles, San Sebastián cuenta con una historia oficial, cierto, pero también con una crónica subterránea y alternativa tan rica e ilustrativa como la primera.

Comienza el recorrido

Si hubiéramos de señalar una calle que fuera un auténtico canto a la diversidad, ésa sería, sin duda, San Martín. La vía que nos ocupa es un museo al aire libre en que se pueden contemplar casi todos los tipos de placas que San Sebastián ha tenido a lo largo de las últimas décadas: desde los modelos elípticos de latón con fondo blanco a los cuadrados de color azul, pasando por aquellos de letras de plástico en relieve y el collage de placas bilingües que se ha impuesto en los últimos años. En el resto del área romántica no hacen sino repetirse estos modelos sin orden ni concierto: ora vemos en la plaza de Gipuzkoa un modelo elíptico, ora en el Buen Pastor una preciosa placa cuadrada de color azul, ora en Reyes Católicos los emblemas de plástico con letras en relieve, ora en la calle Andia o Garibay, un rótulo escrito con tipografía vasca, inédito en otras partes de Donostia.

La Parte Vieja, como corresponde a uno de los lugares de la Bella Easo con más historia a sus espaldas, goza de un excelente repertorio de distintivos bien provistos de anécdotas. Así ocurre en los últimos números de la 31 de agosto, donde hallamos una preciosa placa hecha con azulejos blancos e impresa en azul la siguiente leyenda: «Calle del 31 de agosto * San Telmo Kalea», en referencia al nombre en euskera que popular y oficiosamente recibía la calle en el XIX y que el Ayuntamiento se vio obligado a oficializar a finales de ese siglo. Conviene recordar también que la susodicha se llamaba, en realidad, calle de La Trinidad, antes de que fuera rebautizada décadas después del incendio que asoló la ciudad.

Otros casos de rótulos que nos recuerdan cómo era conocida popularmente la calle, los encontramos en San Lorenzo y Juan de Bilbao, también en la Parte Vieja. La primera luce, en ambos extremos, sendos carteles plastificados en los que vislumbramos 'Asto Kalea' y el dibujo de un burro. Ello era así porque la citada calle, aledaña al mercado de la Bretxa, hacía las veces de aparcamiento equino para las caseras que arribaban a la ciudad para vender sus productos. Así nos lo confirmó un vecino cuando obteníamos una fotografía del afiche, amén de hablarnos de las argollas que colgaban en algunas partes de la Asto kalea para anudar las riendas de los burros.

Calle de las carbonerías

En Juan de Bilbao encontramos un cartel similar haciendo referencia a Ikatz kalea, nombre popular con que los vecinos koxkeros designaban este lugar en que abrieron sus puertas varias carbonerías, según leemos en el libro La historia de la ciudad a través de sus calles, de Javier y Asier Sada.

El mismo modelo de emblema callejero que en la 31 de agosto, hecho con azulejos, lo encontramos en la calle de Bilintx. Otro cartel similar pero de diferente cuño, otea la plaza de la Trinidad desde el edificio del número 42 de la calle 31 de agosto. El conjunto de baldosas en el que se lee el nombre en euskera está firmado por un tal J.L. Pérez y fechado en el año 1997. Ahora bien, cabrá preguntarse: ¿Quién los puso allí?

A escasos metros de donde finaliza la calle 31 de agosto, arrancan dos vías rumbo Urgull. Una de ellas, la de Elbira Zipitria, lo hace por el lado norte y la otra, la calle Subida al Castillo, por el sur. Ambas tienen en común, amén de circundar el monte donostiarra, unos rótulos tan bellos como singulares que no guardan ningún tipo de relación con otros afiches de la ciudad. La calle dedicada a la que fue una de las impulsoras de las ikastolas y la enseñanza en euskera, cuenta con dos preciosos emblemas bilingües hechos en piedra granítica y decorados con lauburus. Uno de ellos está situado al comienzo del paseo y, el otro, en la arcada que pasa bajo el Baluarte del Mirador de San Telmo, camuflado bajo una sutil capa de maleza y verdín.

Mucho más internacional -y único en la ciudad- es la plancha de piedra que indica la subida al castillo del monte Urgull. Paradójicamente, se encuentra más cerca de la calle de Elbira Zipitria que de la de la Subida del Castillo, e informa en castellano, francés -Boute de la forteresse- e inglés -This way up to the castle- la forma más rápida de ascender a la fortaleza.

Una placa más solemne, enclavada en la fachada del Biblioteca Municipal, desvela el nombre que recibe la plaza de la Constitución, al igual que ocurre en la de Ignacio Zuloaga. No busquen allí un emblema metálico blanquiazul de cuño reciente porque no lo encontrarán. La explanada dedicada al pintor eibartarra se anuncia con una grandilocuente losa sita en uno de los laterales del número 10 de la calle 31 de agosto, mirando por supuesto a la plaza.

Hay quien ha llegado a pensar que ambos foros -el de la Constitución y el de Zuloaga- carecen de placa identificativa pues ya se sabe que, a menudo, los objetos de mayor tamaño son los más difíciles de ver. Aún así, ¿se imaginan una calle con nombre pero sin placa? Un estupendo ejemplo de ello lo encontramos en la céntrica plaza Xabier Zubiri, desprovista por completo de carteles que la identifiquen. La inmensa mayoría de los ciudadanos conoce popularmente a este espacio en el que se cruzan la calle Easo y Zubieta como la 'plaza del Londres', en referencia al hotel allí situado. Curiosamente, el filósofo donostiarra cuenta con una placa conmemorativa, cierto, pero no en su plaza sino en la esquina del Boulevard con la calle Hernani.

Otro caso claro de nihilismo urbano lo encontramos en el callejón de San Bartolomé, una de esas vías de la ciudad que pasan inadvertidas para la mayoría de los ciudadanos. No es que la calleja no cuente con placa, no. La tiene pero en unas condiciones más que curiosas. Tal vez por su recogimiento y discreción, alguien decidió que una de las placas que bautizan este callejón sin salida había de ser blanca e impoluta, procediendo al pintado de ésta y creando una obra única.

El de San Bartolomé no es el único afiche callejero desnudo de letras: a lo largo y ancho de la ciudad hallamos varios emblemas -todos del mismo modelo- que han sucumbido a los encantos de lo austero, tal vez porque las lluvias se han cebado con unos lugares muy concretos de San Sebastián -la esquina de la calle del Parque de Alava con Sancho el Sabio, la calle Infante Don Juan con calle Brunet, en el Antiguo...-, tal vez por la cuestionable calidad de los materiales empleados. Incluso en San Martín -la calle-museo de placas por excelencia, recordemos- nos topamos, al principio de ésta, un emblema blanco y virginal cual lienzo antes de ser perfilado, como si estuviera esperando la acción de un artista del pincel.



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