Cuando el 1 de abril de 1922 Felipe María Azcona tomó posesión de la alcaldía donostiarra se encontró con una ciudad que vivía momentos de gran euforia, con grandes proyectos derivados de su próspera economía y disfrutando todavía de los beneficios dejados por las fortunas que unos años antes se habían refugiado en San Sebastián huyendo de la Gran Guerra.
En su línea vanguardista los munícipes decidieron llevar a la práctica una idea que desterrara las antiguas ferias abigarradas y antiestéticas, en las que se confundían las baratijas con las barracas y la fabricación de churros.
En una época de confusión política, confiado en lo que era capaz de hacer «la iniciativa y el trabajo de un pueblo si unía sus energías bajo el influjo de un mismo ideal», el Ayuntamiento luchó contra quienes no creían en el proyecto y superó dos huelgas generales de Correos que retrasaron los trabajos.
Así, el 10 de septiembre de 1922 abrió sus puertas, en la plaza del Centenario, la I Feria de Muestras de San Sebastián, «con más de 150 stands consagrados a la industria nacional, especialmente a la regional, y exhibición de la francesa».
Siete hermosos pabellones de 90 por 20 metros, decorados con pinturas al estilo japonés formaban un paseo en cuya plaza central un largo jardín, diseñado por el jardinero municipal señor Menéndez, ofrecía guirnaldas sin fin. El rey Alfonso XIII cortó una de dichas guirnaldas en el protocolario acto de la inauguración y acompañado de las reinas María Cristina y Victoria Eugenia, ministros, embajadores, alcaldes y muchísimos demás invitados oficiales, visitó los armoniums y autopianos del irundarra Carredano y las boinas del tolosarra Elósegui; los muebles fabricados con motores eléctricos de la también tolosarra viuda de Zunzunegui y el original producto tapagoteras del catalán Esquerdo Grau; los chocolates «Monte Igueldo» elaborados por Urtizberea y «el negrito de la Feria», una especie de maniquí, tamaño natural, que servía como reclamo de la fábrica de anís y cognac «Udalla»...
Curioso fue el incidente ocurrido cuando el industrial José López Arnaiz, inventor del sistema «Jo-Lo-Ar», que permitía cargar las pistolas con una sola mano sin tenerlas que llevar cargadas, se acercó al rey empuñando un arma siendo detenido por los dos policías que rendían honores al monarca. Aclarada la situación, tras momentos de indudable tensión, el rey se interesó por el invento recomendando el mismo al Ministro de la Guerra.
Las ocho mil personas que visitaron la Feria aquella primera jornada y las cinco mil que lo hicieron diariamente hasta la clausura, más allá de admirar las bellezas de las alfombras, orfebrería, tapices y porcelanas cedidos por el Ministro de Bellas Artes de Francia, que tan solo habían salido del país galo con motivo de la coronación de Eduardo VII de Inglaterra, prestaron especial atención a lo que despertaba su máxima curiosidad: un aparatejo recién descubierto que decía llamarse «telegrafía sin hilos». No acostumbrado el público a tan grandiosa oferta desconocía cómo debía comportarse y pasaba el tiempo vagando de un lugar a otro, queriéndolo ver todo, perdido entre los miles de artículos, aturdido por la exhibición, deslumbrado por la policromía de los mil y mil artículos artísticamente colocados sobre cientos de anaqueles, vitrinas y armarios.
Tan gran fue el éxito que los responsables municipales, animados por los elogios llegados ya del Gobierno ya de la prensa especializada nacional y extranjera, dieron por hecha una segunda edición y pronto asociaron el nombre de San Sebastián a los de Leipzig, Bruselas, Francfort, Lyon y demás ciudades organizadoras de ferias de fama mundial.
Los primeros nubarrones se presentaron cuando la segunda Feria tuvo que comenzar su andadura haciéndose cargo del déficit dejado por la primera. Aunque el balance inicial fue positivo: ingresos 316.910 ptas. y gastos 245.724 ptas. algunos imprevistos sin cuantificar surgidos posteriormente llevaron el color rojo a los números del libro de cuentas.
Inaugurada la II Feria de Muestras el 15 de julio de 1923, con la presencia de la reina María Cristina y varios ministros, su principal atractivo fue el «Salón del Automóvil» inaugurado cinco días más tarde por Alfonso XIII y Victoria Eugenia.
Al igual que el año anterior, fueron muchas las actividades organizadas paralelas a la Feria propiamente dicha, siendo, sin duda, la principal de ellas, la promovida por el alcalde, señor Azcona, apoyado por Vicente Ameztoy, Miguel Legarra y Federico Zappino: el Circuito Automovilístico de Lasarte.
La Feria se clausuró el 31 de julio constituyendo un nuevo y clamoroso éxito, debido en parte al nuevo Circuito que llegó en un momento en el que el motor estaba de actualidad en Europa.
Las consecuencias del golpe de Estado de Primo de Rivera el 13 de septiembre, sus repercusiones políticas y, para el caso concreto de San Sebastián, la prohibición del Juego originó una de las mayores crisis económicas vividas por la ciudad.
El 1 de octubre fue elegido alcalde Vega de Seoane, correspondiéndole liquidar las cuentas de la II Feria. El 25 de marzo de 1924 lo fue Juan José Prado, correspondiéndole sortear la Real Orden que prohibía la celebración de Ferias de Muestras. Intentó, sin conseguirlo, una excepción para San Sebastián «siquiera para compensar los gastos pendientes de pago». El 27 de diciembre de acordó, en sesión municipal, derribar los pabellones y vender la madera. El 6 de febrero de 1925 se aprobó dicha venta por 40.000 pesetas. A partir de 1925, en dicho solar de la plaza del Centenario, comenzaron a instalarse las Ferias de San Juan.
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