Domingo, 19 de febrero de 2006
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OPINIÓN
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Nuestro modo de vida
Eso de defender nuestro modo de vida es algo que, hasta ahora, habíamos escuchado reiteradamente a EE UU. Sobre todo para justificar atropellos imperiales, con sus innumerables derivaciones siniestras. Ahora, con el debate causado por la guerra de las caricaturas, es expresión que empezamos a usar los europeos. Que nuestro modo de vida incluye la libertad de expresión es idea que nadie pone en duda. Aunque cabe un matiz: hay gente dispuesta a morir en defensa de la libertad de expresión si es atacada desde países musulmanes que no moverá un pelo por preservar una libertad de expresión efectiva para todos los sectores sociales y que no se confunda con la acumulación de la propiedad de medios de comunicación. Berlusconi sería el mejor ejemplo -y hay agazapados otros berlusconis esperando su oportunidad-. Pero dejemos esa enojosa cuestión y afirmemos que, afortunadamente, después de siglos de censura y quebrantos, hemos dado en convenir que las sociedades con libertad de expresión son mejores, más seguras y felices que las que no la disfrutan.

¿Concluye ello todo posible debate? Desde luego que no. A la vista está que los continuos argumentos que estos días circulan significan que algún malestar conforma también nuestro modo de vida. Dejemos de lado el papanatismo que aún cimenta su ética en los mitos del buen salvaje que estaría en posesión de una bondad congénita que nos hace malos a los demás, que ocupa un espacio muy pequeño de las opiniones. Esa mala conciencia también es parte de nuestro modo de vida que merece ser defendida, pero no alienta futuros practicables.

Más oportuna me parece otra reflexión, la que enfatice el hecho de que, al igual que le ocurre al amigo americano, el enunciado mismo de la protección de nuestro modo de vida, como argumento central, lleva implícita una dosis de miedo e incluye un cierto sentimiento de superioridad. Así, cabe la defensa porque sentimos amenazado ese modo de vida. Y lo defendemos porque es mejor que cualquier otro. En cierto sentido ambas posiciones son fundadas y aportan una parte de verdad. Porque ante el ataque violento siempre será legítima la defensa proporcionada, y porque la Historia advierte, como decía antes, que es preferible un modo de vida con libertad que otro que no la incluya.

El problema aparece cuando comenzamos a apreciar en toda crítica, en toda disidencia, una amenaza potencialmente violenta. Entonces el miedo empieza a traicionar nuestro modo de vida, porque empuja a los propios Estados europeos a limitar las libertades ciudadanas. De esa manera se establece una equiparación invisible -y a veces muy visible- entre los terroristas musulmanes y todos los musulmanes. Y, al final, las limitaciones las sufren los inmigrantes de cualquier procedencia y los propios nacionales: ¿Cómo se define, en esas circunstancias, nuestro modo de vida?, ¿incluye nuestro modo de vida una total libertad de desplazamiento y residencia, como parece incluir una absoluta libertad de expresión?

De la misma forma, un enunciado de nuestro modo de vida que valora automáticamente su superioridad respecto de potenciales adversarios es falaz si obvia que, junto a la existencia de derechos, nuestro modo de vida, construido históricamente, también contiene determinadas prácticas económicas, políticas y simbólicas que impiden que millones de seres humanos puedan aceptarnos como modelos a imitar. Porque, en demasiadas ocasiones, nuestro modo de vida les ha identificado como pasivos peones de juegos de guerra o les ha obligado a la subalternidad en el reparto mundial de la riqueza o, con la miopía de los servicios secretos occidentales o de las decisiones de los gobiernos, hemos regalado armas y argumentos a los que después hay que combatir: desde Sadam Hussein a Bin Laden, pasando por Hamás. Pues a veces parece que nuestro modo de vida nos hace imbéciles, incapaces de apreciar las consecuencias a largo plazo de las actuaciones en el corto plazo.

Y, sobre todo, porque a menudo olvidamos que nuestro pacífico y cohesionado modo de vida es sólo posible porque hemos aprendido, tras siglos de desgarros, que la dialéctica entre identidades individuales y colectivas es muy compleja y que cuando a las personas se las obliga a identificarse colectivamente en torno a un único polo de identidad, en especial si éste es de raíz religiosa, el fanatismo está servido. Si a ello sumamos que la defensa de nuestro modo de vida conlleva la altanería de despreciar lo que ignoramos, y que sobre la cultura árabe y musulmana ignoramos casi todo lo que no sea cliché y tópico, no debe extrañarnos que, desde el otro lado del mar, se nos pague con la misma moneda: identificándonos en un magma de egoísmos y prepotencias.

Tenemos, pues, derecho y obligación de defender a los nuestros amenazados por el ejercicio de su libertad de expresión. Pero, me parece, sería positivo que nos limitáramos a afirmar estrictamente eso, porque eso es, en sí mismo, bueno. Igual de bueno que usar de la libertad de expresión para decir que entre su ejercicio no vigilado y la defensa de la vanagloria del que la usa buscando martirio hay un trecho que no debe ser recorrido. Y que una cosa es defender al que ridiculice a Mahoma y otra aplaudirle sus gracias, sobre todo si, precisamente, ridiculiza para demostrar que otros quieren atacar nuestro modo de vida.



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