El comunicado que ETA hizo público ayer demuestra que la banda terrorista trata de apuntalar sus posiciones sobre la reiteración de un discurso que condiciona un eventual cese de la actividad violenta al previo logro de sus objetivos. El contenido del texto etarra explica con precisión el sentido último de la advertencia que hace unos días formulaban Arnaldo Otegi y Pernando Barrena cuando decían que «el proceso es mucho más que una tregua». La negativa por parte de ETA a proceder a un cese previo de su actividad -como ha exigido el Gobierno- con el argumento de que los «pasos unilaterales» no son solución, ha de ser tenida en cuenta en su literalidad. Precisamente porque la sociedad no puede permanecer pendiente de cábalas bienintencionadas pero irresponsables y temerarias como las que tratan de explicar las últimas actuaciones de ETA -que la banda reivindica en su comunicado- como demostración necesaria de su capacidad de destrucción para así disponerse a renunciar a la barbarie. O las que, de seguro, interpretarán el contenido de este último comunicado como paso inevitable en ETA para el posterior anuncio de la tregua.
El comunicado terrorista es elocuente tanto por lo que propugna como por lo que descalifica. La exigencia del derecho a decidir de todos los vascos «en toda Euskal Herria», la demanda de un cambio radical del marco jurídico-político y la apuesta etarra por las vías del diálogo y la negociación son los eufemismos y subterfugios que el fundamentalismo emplea para tratar de perpetuar el protagonismo de su poder fáctico en la política vasca. A través de su comunicado, ETA insiste en su propósito de transferir al conjunto de la sociedad y a las instituciones la obligación de compensar su hipotética decisión de tregua con concesiones políticas de calado que se identifiquen inexorablemente con las exigencias etarras. Y trata de disimular su derrota política y su inanidad social proclamando el fracaso del marco jurídico-político en el que se asienta el autogobierno de los vascos. Por encima de cualquier otra consideración, el comunicado de ETA obliga a las instituciones y a los partidos políticos a mantener una actitud más realista y cautelosa que la que se ha hecho patente en las últimas semanas. En el terrorismo, los hechos son más importantes que las palabras; y ha de prestarse más atención a la literalidad de sus palabras que a las especulaciones voluntaristas que traten de leer en ellas lo que no expresan de forma taxativa. Ésta es la línea de exigencia mínima que las instituciones y los partidos democráticos deberían mantener frente a los propósitos del terrorismo. Frente a las reiteraciones de ETA, la sociedad democrática ha de reiterar, también, su exigencia de que ETA abandone las armas y desaparezca de una vez y para siempre. Tras el comunicado de ayer, la sociedad libre no puede mostrarse más esperanzada de lo que estaba. Porque lo único que espera es la definitiva noticia de que el terrorismo ha desaparecido.
Conquistar la paz
En las últimas semanas, los rumores sobre un pronto cese de la actividad terrorista han amenazado con provocar una escalada de despropósitos que podrían conducir a la sociedad vasca a un clima enrarecido entre otros factores por el afán que las distintas formaciones ponen en rentabilizar una eventual buena nueva. Una paz «sin vencedores ni vencidos», como reclamaba la resolución aprobada el pasado viernes por el Parlamento vasco con los votos de PNV, EB y Aralar, sería en realidad un descorazonador final que convertiría en victoriosos a los terroristas y derrotaría moral y anímicamente a las víctimas. Una paz verdadera no sólo precisa la desaparición de toda forma de violencia física y de coacción expresa o difusa. Exige además que su final deje constancia del mal causado y establezca con toda claridad que nunca hubo razón política alguna para justificar -ni siquiera explicar- la macabra ejecutoria de ETA. La paz no será tal si es percibida o presentada como una concesión de los terroristas para con una sociedad hastiada de violencia; o como el mero resultado del reconocimiento por parte de ETA de que el terror ya no sirve para lograr los objetivos del independentismo revolucionario.
Desde este punto de vista, es comprensible el temor que muestran en especial las víctimas ante la perspectiva de que un eventual cese de la actividad terrorista se vea acompañado de gestos de agradecimiento ante tal decisión que obvien el severo reproche que seguirá mereciendo su conducta. Que la conquista de la paz no se oriente hacia tan pantanoso terreno depende, en gran medida, de la capacidad que muestren el Gobierno socialista y el primer partido de la oposición para lograr una mayor sintonía. Los indicios de que el PP puede mostrarse dispuesto a variar su oposición al Gobierno en materia antiterrorista si ETA deja de matar resultan, en ese sentido, esperanzadores. De igual forma que el comunicado de la organización terrorista ha de conducir al Gobierno a una gestión más cautelosa de su política frente a ETA.