Acaso sea excesivo caracterizarlo como un rasgo típicamente donostiarra. Pero no cabe duda de que, voyeurs en potencia, a todos nos gusta ver sin ser vistos. Por ejemplo, ver esa colección de caras sonrientes o serias que pueblan los escaparates de los establecimientos de fotografía. E incluso, viva la frivolidad, vaticinar el futuro que le aguarda a una pareja interpretando sus impagables fotos de boda.
Mirar hasta que allí, entre los retratos de la tienda del fotógrafo del barrio, aparece públicamente nada menos que una hija del buscador de conchas, que de pronto se siente como el cazador cazado. Adiós a la frivolidad. Agur, voyeurismo.