Nos atrae el circo como nos atrae el mar, como atrae una nube que pasa veloz, una nube que va cargada o ligera, vacía o llena de agua, suspiros, sueños. Nos atrae y nos atraerá siempre, porque nos lleva a un territorio lejano pero no olvidado, apartado pero no ausente, abandonado pero no perdido, al territorio de nuestra infancia, la única patria. Eran otros tiempos; la carpa se levantaba en cualquier descampado permitido por el ayuntamiento. Eran lonas muy pesadas, sucias, remendadas; eran animales viejos, algunos loros habían dialogado con Noé en su barco, y algún elefante había jugado con algún hijo suyo; estaban sucios, aparecían deslustrados; eran domadores cansados, con más maña que arte, con más experiencia que saber, con más desidia que ilusión; eran equilibristas cojos, payasos serios y de gesto torvo. Pero los queríamos, como queríamos a los pájaros que cruzaban el cielo lentamente, con esa felicidad azul de ave. Venían los del circo y se iban a otro pueblo, o a otra ciudad. No importaba.
Los que lo vivimos con la pasión del inocente, con el deseo frugal del recién nacido al mundo de la fantasía, con el cariño hacia las cosas pequeñas, avejentadas o nunca terminadas, nos seguimos reconociendo en esos niños que contemplan con los ojos grandes y cansados de mirar con fuerza, para no perderse nada, las piruetas de los trapecistas, las hazañas de las fieras, la alegría de los humoristas; nos vemos a nosotros mismos en esa mirada limpia y de fuego temprano, en esa cara de asombro.