BEASAIN. DV. Fruto del empeño de un pueblo ubicado en el corazón de la jungla, en plena Amazonia boliviana la Escuela de Música San Ignacio de Moxos es hoy una realidad. Un puñado de niños y adolescentes han resucitado, rescatado y ahora están difundiendo las piezas musicales de los impresionantes archivos de las misiones de los siglos XVII y XVII, cuado en la selva boliviana se confundió la música y los violines con el trino de los pájaros y los ruidos misteriosos del bosque.
A una religiosa española de la orden de las ursulinas, María Jesús Echarri, de Lekunberri, se debe que un fenómeno cultural nacido cuatro siglos, y que estaba al borde de la extinción, resurgiera para recordar al mundo que en la selva misionera se amasó un amplio tesoro musical, que tuvo por protagonistas a humildes indios que los conquistadores creían salvajes.
Ahora, el coro y la orquesta de San Ignacio de Moxos acaba de grabar su primer CD profesional. Y esta agrupación música estará hoy en la Parroquia, donde a partir de las 20.00 horas ofrecerá un concierto con repertorio íntegramente moxeño, aunque en sus conciertos también interpretan obras del archivo chiquitano.
San Ignacio de Moxos es un pueblo de la amazonía boliviana situado a 90 kilómetros de Trinidad, capital del departamento del Beni. Se conecta a través de un camino de tierra, que exige cruzar tres ríos en barcazas a motor. En época de lluvia el camino es intransitable y a menudo es imprescindible cubrir un tramo en canoa, cuando la carretera queda completamente cortada.
Su escuela de música cuenta con 280 alumnos, de edades que oscilan entre los 6 y 18 años. Provienen en su mayoría de hogares pobres y con un alto grado de marginalidad social y cultural, determinada en gran medida por su origen rural y por su pertenencia a las culturas originarias del país.
Un poco de historia
Los jesuitas hace más de 200 años utilizaron la música como instrumento de catequización y comprobaron con sorpresa que los nativos no sólo cantaban, tocaban y construían sus propios instrumentos, como continúan haciéndolo en nuestros días, sino que entre ellos también había compositores.
En 1984 regresaron dos jesuitas a las antiguas misiones de Moxos, concretamente a San Ignacio. Hacía 217 años que desde el mismo pueblo habían sido expulsados por el rey Carlos III los padres Claudio Fernández y Tomás Arias. Dos siglos después, los jesuitas volvieron para revivir una herencia que nunca dejó de latir en el corazón de aquellas comunidades.
Corría el mes de noviembre de 1994. Parecía que la tradición musical de San Ignacio de Moxos, en la Amazonia boliviana, se estaba perdiendo. Los viejos violines de los ancianos indígenas, herederos de la época de esplendor de las reducciones de los jesuitas, languidecían, sin relevo generacional alguno. Su coro, ya de voces temblorosas, también estaba al borde de la extinción.
Mª Jesús Echarri vio cumplido su sueño de ver iniciadas las obras de reconstrucción del templo y de que en 2002, en el 250 aniversario de su fundación, se reinaugurara el templo. Y así se lo confesó al jesuita Enrique Jordá, a quien le dijo que en su imaginación había concebido una misa cantada, con coro y orquesta propios, para celebrar la efemérides.
Apoyos y actuaciones
En julio de 1996 la Ruta Quetzal recaló en San Ignacio de Moxos y Miguel de la Quadra entregó a María Jesús doce violines y ocho flautas. Su mediación consiguió el apoyo de la Unesco para contratar al violinista checo Jiri Sommer, quien durante 1999 y 2000 dejó el germen de la futura orquesta de cámara. Poco después entró en escena la anterior directora, Karina Carillo, que jugó un papel importante en el crecimiento de la escuela y bajo cuya batuta nacieron su orquesta y su coro.
La primera debutó en el Festival de Música Barroca y Renacentista Americana Misiones de Chiquitos de 2002. El segundo esperó hasta el 31 de julio del mismo año, en la inauguración del templo rehabilitado. A lo largo de estos años el coro y orquesta de San Ignacio de Moxos ha actuado en Alemania, Holanda, Francia, Luxemburgo, España, Colombia, Argentina...