En Vietnam corría despavorida una niña con la piel de su cuerpo menudo abrasada por el napalm norteamericano.
En Burundi cortaban a machetazos las manos del tutsi enemigo y luego lo colgaban por los pies sobre los rescoldos de una hoguera de brotes de espino.
En Irán, un padre cargaba, uno en cada hombro, con los cadáveres de sus dos hijos pequeños rescatados de los amasijos dejados por la explosión de una bomba.
En Etiopía brillaban al sol los huesos mondos de las vacas...y de los dueños de las vacas. Huesos de un blanco cegador ante un horizonte reverberante.
En Uganda una mujer esquelética vestida con un blusón multicolor llevaba en brazos el cadáver de un bebé, muerto por el hambre, con los tábanos zumbando sobre sus labios.
La lista podría seguir casi hasta el infinito.
En cualquier rincón del planeta hoy, como en 1955, año en el que se instituyó el premio World Press Photo, la tragedia es, prácticamente, el denominador común de las fotos que, no hay que olvidar, son remitidas al concurso por fotógrafos de Prensa, no del corazón. Este año ha vuelto a ganar la imagen del desconsuelo y la angustia. Las fotos no engañan. Son, de algún modo, como el algodón del anuncio. Muestran lo que hay y, a veces, se endulzan levemente colocando entre el hambre y la sangre un atardecer con flamencos que vuelan recortándose en el sol poniente.
Lo decía Tom Stodartt, uno de los ganadores de 1999. «Con una Leica y muchos hígados lo puedes lograr». HISTORIAS CONTEMPORÁNEAS (1er Premio): Olivier Jobard, Francia, Sipa Press . «El viaje de un inmigrante"